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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Aute y otras muertes

Hasta para morir hay que tener tino, y Aute lo ha hecho en un momento en el que la Parca es una curva en busca de su pico

Estas líneas van dedicadas a Aute, aunque ya hay mucha gente llorando en Facebook y casi preferiría obviar el tajo certero que la parca le ha asestado a Luis Eduardo. Sólo decir que tenía algunas canciones estupendas, como Las cuatro y diez o Mira que eres canalla (su muy celebrada Al alba hace mucho tiempo que me parece siniestra y desafortunada en el enfoque). También que fue un cantante intergeneracional que puso sus gorgoritos al servicio de los sentimientos de varias promociones de españoles. Ah, y por supuesto recordar aquel LP que compré en una pequeña tienda de discos de Santa Cruz de Tenerife, ilustrado por un dibujo erótico hecho por el mismo Aute, al que por lo que se ve en sus canciones y pinturas le tuvieron que gustar más las hembras que a otros el Rives&Cola.

Hasta para morir hay que tener tino, y Aute lo ha hecho justo en el momento en que la parca es una curva en busca de su pico inalcanzable, un guarismo en un titular. La noticia de su óbitonos llegó por un mensaje de whatsApp (ahora todas llegan así) de una vieja y querida amiga de los años atolondrados del Bachillerato. El sábado, imagino, circularon muchas misivas parecidas. La fibra óptica tuvo que enloquecer entre las jeremiadas de los cofrades sin pasos (tronos, si el lector se ubica en Málaga) y las de los ex adolescentes sin cantante que les cante. Es curioso el significado que le asignamos a la muerte de los demás: la de Aute nos pareció que había ocurrido hace mucho tiempo, quizás porque así había sido... De algo parecido habla Queda la música, una de sus mejores canciones, que evoca lo irreconocible que nos resultan algunas fotos, algunos sentimientos ya fríos que en otro tiempo fueron vivo palpitar. En fin, un lugar común en la vida de cualquier persona.

Los años pasan irremediablemente y la muerte de Aute no es la que más me ha impresionado en estos días de confinamiento, sino la de José Carlos Cataño, un escritor que no conocía apenas hace diez días. Su magnífico De rastros y encantes llevaba dormitando nueve años en un montón de mi biblioteca, pero desde que lo abrí y leí el recuerdo de su casa en la Plaza del Adelantado tuve la sensación de que alguien se sentaba a mi lado y empezaba a hablarme con la voz impagable de los buenos amigos. Luego busqué su nombre en internet y supe de su repentina muerte el pasado mes de agosto. Otro lugar común: siempre llegamos tarde.

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