Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
Hace relativamente pocos años que derribaron en mi pueblo natal –Lucena– una estupenda y gran casona, con fachada blasonada, que se edificó entre los siglos XVII y XVIII y que perteneció a la familia de los Bruna, linaje noble y muy influyente en Andalucía y en el Reino de Granada, toda vez que dos hermanos llegaron a presidir, simultáneamente, los máximos órganos judiciales de ambos territorios: Bernabé, que así se llamó uno, presidía la Real Chancillería de Granada y el otro, Francisco de Bruna y Ahumada; claro exponente del movimiento cultural de la Ilustración; fue regente de la Real Audiencia de Sevilla, desempeñando, también este último, la alcaidía de los Reales Alcázares y gozando de muy notables influencias cerca de La Corona, razón por la que fue conocido como El Señor del Gran Poder, que ya era decir algo más que notable en aquella Sevilla que miraba a las Indias a la vista de carruajes paseantes de linajudos personajes de abultadas y sonoras faltriqueras y cabezas tocadas con empolvadas pelucas.
Vino el tal don Francisco de Bruna, según relata una fiable leyenda, a generar extraordinario odio hacia un joven bandolero de veinticuatro años, natural de la cercana Utrera que tenía fama de haber robado una amante al poderoso regente, en una venta del camino de Sevilla. Aunque lo más seguro es que la aguerrida hembra, riéndose de ambos, los coleccionase a pares, a los amantes digo, encantada de recibir todo tipo de ofrendas, regalos y agasajos. La cuestión es que Bruna llegó a ofrecer diez mil reales por la cabeza de su exitoso contrincante, Dieguito Corrientes Mateo, quien, además, era, aunque tan joven, bandolero famoso por los robos perpetrados en cortijos y caminos, tanto de dineros como de alhajas y buenos caballos, pero lo que lo llevó a la horca y al descuartizamiento, aún sin haber cometido un solo delito de sangre, fue el arrebatamiento de la amiga de personaje tan poderoso e influyente como el cultísimo don Francisco de Bruna.
Meditando, en estos días, sobre esta y otras similares historias, me ha venido a la cabeza la figura depravada y lamentable –por cobarde– del líder del independentismo catalanista, cual es el fugado Carles Puigdemont i Casamajó, ridículo personaje que a algunos pudiera parecer un bandolero de nuestro tiempo, aunque desprovisto, claro está, de cualquier evocación o parecido con una romántica, valiente, audaz figura novelística, quedando sólo en un hortera y peripatético tipo, en cuya delincuente y facinerosa mano está –¡oh paradojas!– la gobernabilidad de un “Estado social y democrático de derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”, según dice la vigente Constitución Española y justo lo que este lamentable bufón de la historia de España y de la Cataluña libre; con la ayuda de gestos traidores del presidente Pedro Sánchez; se lo pasa –con grosera emoción y mirando desafiante al “tendido”– por su taimada entrepierna ¿O no?
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