Claros del bosque

Colonialismo y perdón

Las luchas de clase, raza y sexo han modificado los estándares morales y jurídicos

Desde que López Obrador llegó a la presidencia de México, ha exigido de forma reiterada a España que pida perdón a los pueblos americanos por la violencia y el saqueo que siguieron a la conquista. Tampoco han faltado las respuestas arrogantes, como la de Aznar, haciendo chistes sobre los apellidos del presidente mexicano, o la de Díaz Ayuso, quien piensa que los españoles deberíamos sentirnos orgullosos de nuestra historia en tanto que llevamos la civilización y la libertad al continente americano. Para estos españoles nostálgicos de su historia, el perdón parece un contrasentido.

Por supuesto, somos muchos los españoles que no sentimos este orgullo. Sabemos que la historia tienes sus luces. Por ejemplo, la conquista trajo consigo una visión más amplia de lo humano, como muestra el debate que se abrió en torno a los derechos de los pueblos indígenas. Pero también somos conscientes de que son muchas más las sombras, en cuyo fondo más inhumano encontramos el genocidio.

En todo caso, no es cuestión de balanza, porque la verdad es que tampoco nos reconocemos en nuestra historia. Las luchas de clase, raza y sexo han modificado los estándares morales y jurídicos. Ha quedado atrás el belicismo como motor de la historia. Lo que antaño se percibía desde las coordenadas del orgullo heroico, hoy se define como crueldad y ataque a los Derechos Humanos más fundamentales.

También ha quedado atrás la concepción patrimonialista de la soberanía, que sometía no sólo a los pueblos conquistados, sino también a los europeos. Sólo cuando el ciudadano ocupó el lugar del vasallo, los pueblos se convirtieron en sujetos activos de su historia. Y sólo a partir de ese momento se habrán de sentir responsable de sus acciones, permitiendo descubrir que queda mucho camino por recorrer en los procesos de descolonización.

Por eso, para este tipo de español, más que de pedir perdón por un pasado en el que no se reconoce ni del que se siente partícipe, se trata de denunciar las situaciones de injusticia, de abrir los ojos y alertar de la complicidad de nuestros dirigentes políticos y la participación de nuestras multinacionales en las prácticas patrimonialistas aún existentes en Iberoamérica. Si entendemos el perdón desde su función reparadora, este será imposible mientras sigan existiendo poderes fácticos que a ambos lados del Atlántico impiden que el sufrimiento de la colonización sea hoy una cuestión del pasado.

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