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El lanzador de cuchillos

Federico se respeta

El desdén de la Granada oficial hacia el hijo más ilustre de la provincia es un asunto de pasodoble lacrimógeno

Desconozco si este verano, como el pasado, las máquinas han vuelto a excavar en el paraje de Alfacar en el que supuestamente yacen los restos del poeta Federico García Lorca. Han pasado ochenta y un años desde que se le viera caminando entre fusiles, como cantara Machado, y todavía andamos buscando su calavera.

El crimen fue en Granada, en su Granada. Y en Granada, en su Granada, hace más de una década que esperamos también el legado del poeta.

El edificio que se proyectó para albergarlo se inauguró hace dos años, deprisa y corriendo, y sin rastro de los escritos ni de los dibujos de Federico. Después de veintitrés millones de euros, un desfalco y un litigio disparatado contra una churrería, ahí está, en una esquina de la Romanilla, esa enorme caja de acero, como un colosal monumento a la incompetencia.

En el aniversario de la muerte de Lorca, a políticos y gestores culturales de todo pelaje se les llena la boca de lirismo, memoria y compromiso. Un año más volverán a enfrentarse y a enfrentarnos tomando el nombre de Federico en vano. Y después, todos juntos, en amor y compaña, se tomarán unos vinos y charlarán de sus cosas -que no son las nuestras ni las del poeta de Fuentevaqueros- en el bar de ese inmenso edificio vacío que es la medida exacta de su desvergüenza.

Claro, que casi mejor así, porque cuando los barandas de la cosa cultural y la sobrina americana del poeta tengan a bien entregar su legado a la ciudad, los estudiosos franceses o escandinavos que quieran investigar en el Centro Lorca van a tener que venir andando.

"Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía", decía aquel famoso vallenato que sonaba en las verbenas de nuestros pueblos. Pues no saben la suerte que tienen los colombianos porque la Granada que pretende ser Capital Europea de la Cultura no tiene ninguno de los dos. Y al aeropuerto que comparte con Jaén apenas llegan cuatro avionetas espantanubes.

Aunque seguro que nuestros políticos encuentran una solución imaginativa a este problema: por ejemplo, impulsar el Camino de Federico, una suerte de ruta jacobea de la poesía para que los amantes de la obra de Lorca recorran medio mundo a pie hasta llegar a la Plaza de la Romanilla, donde les recibiría el concejal de turno para hacerles entrega de un diploma acreditativo y otorgarles la indulgencia plenaria.

El desdén de la Granada oficial hacia el hijo más ilustre de la provincia es un asunto de pasodoble lacrimógeno de una comparsa del Puerto, pero como por estas tierras del este somos más expeditivos, remataré la columna con una quintilla desafiante: "El Centro Lorca está abierto/ y no hay rastro del poeta;/ a los que se echan el muerto,/ como granaíno, advierto:/ Federico se respeta".

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