En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
Ni qué decir tiene que a los que más nos ha perjudicado las nuevas tecnologías es a la generación de los niños de los años sesenta, aquellos que todavía no somos demasiados vejestorios como para rechazar de plano lo que nos ofrecen los adelantos tecnológicos ni demasiado jóvenes como para aceptarlos como si fueran una bendición del cielo. Son los que más estamos sufriendo la desaparición de las referencias humanas en los sitios. Antes tenías una duda con el seguro y llamabas a tu amigo, que era el que te había hecho el seguro, para explicarle el problema. “No te preocupes, eso te lo arreglo yo”. O llamabas al que te había vendido la lavadora porque se te había averiado y oías la misma respuesta: “No te preocupes, ahora mismo te mando un mecánico”. Quiero decir que basabas tus relaciones en personas a las que conocías y con las que había una relación lógica de cliente y proveedor. Ahora esa relación se ha roto. Nos tratan como gente proclive a las estadísticas. Me pasó el otro día cuando fui a pagar una multa a una sucursal de la Caixa que existe en mi barrio. Hay una chica atendiendo al público que me mira con cierto fastidio y me dice:
–Eso se hace ya por los cajeros.
–Ya, pero es que yo no sé cómo se hace –le contesto.
–Pues lo siento, yo no puedo atenderle ahora –me dice, a pesar de que no hay nadie haciendo cola.
Me voy a otra mesa en donde veo a un empleado con los ojos pegados al ordenador. Le digo lo que me pasa: que no sé utilizar el cajero para pagar una maldita multa de tráfico, que si me puede ayudar. Él no me ayuda, pero le echa una mirada reprobatoria a la chica de la caja como diciendo: Anda, mujer, no te da pena este pobre viejo que no sabe utilizar el cajero. La chica se levanta con desgana, como si la orden de su jefe le hubiera reportado un traslado a Madagascar. Me coge el papel que tengo en la mano y me dice que le acompañe al cajero. Salimos fuera. Ella maneja con diligencia el aparato, le da a unas teclas, pasa el justificante por el lector del código de barras y dice con aire de triunfo:
–Ya está. ¿Ve lo sencillo que era?
Le faltó decir: so torpe.
–Gracias, apañá –le digo con una sonrisa cuando la veo entrar en el interior de la oficina con la rapidez de la que busca un cuarto de aseo.
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