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Hoy les voy a contar una anécdota graciosa que le he oído a mi amigo Miguel Sánchez. Sitúense ustedes. Año 1957. Semana del 13 al 20 de mayo. Granada acoge el Congreso Eucarístico Nacional, todo un acontecimiento del que se ocupa hasta la prensa de ámbito nacional e incluso internacional. Ideal y Patria le dedican decenas de páginas, con los textos pringados en miel. Era, sin duda, el acontecimiento religioso más importante del siglo. Llegan a Granada miles de personas de fuera. Hoteles, pensiones y fondas cuelgan el cartel de completo. Se allana el terreno que hoy ocupan los Jardines del Triunfo, creando una enorme plaza capaz de acoger a multitudes. Los balcones se adornan con banderas españolas y vaticanas y por la noche numerosas fachadas aparecen iluminadas. Desde la plaza del Triunfo hasta el Salón se instalan altavoces para retransmitir las misas. Una auténtica locura.
Está previsto que en la procesión se sume Francisco Franco y varios miembros del Gobierno. También se anuncia que el papa Pío XII hablará por la radio y se dirigirá a los congresistas a través de la megafonía. Es alcalde de la ciudad Manuel Sola, que tiene una magnífica casa en la cuesta Gomérez. Una vivienda en la que se han alojado personajes de gran relevancia. Incluso Grace Kelly había pasado allí un par de noches. El alcalde decide destinar parte del presupuesto municipal a invitar a todos los obispos y ministros que habían asistido al congreso a una comida en su casa. La cocinera es una mujer de pueblo de generosas hechuras y lengua aún más suelta. Manuel Sola le advierte que se tiene que esmerar con la comida y con el trato a los invitados, a los que hay que llamar eminencias, ilustrísimas y esas cosas. La cocinera prepara de primero una sopa de carne casera, con pollo, codillo de jamón y trozos de ternera. A ella le corresponde servirla a los obispos, todos envueltos en vistosos ropajes eclesiásticos. Cuando va a llenar el plato de uno de ellos, el prelado le indica que prefiere servirse él mismo. Toma el cucharón y apenas lo introduce, quedándose solo con el caldo superficial. Entonces la cocinera, mientras sostiene la sopera, le dice sin cortarse un pelo: “Eminencia majestá, ajonde, ajonde, que en el culo está lo bueno”. Manuel Sola la mira y no sabe si reírle la ocurrencia o fulminarla allí mismo. La anécdota, por supuesto, no aparece al día siguiente en los periódicos porque, al final, la vida suele estar más cerca de la sopera que del protocolo.
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