La culpa es del gobierno. Siempre. O de la pandemia. O del gobierno que ha gestionado mal la pandemia. La culpa es del profesor que me tiene manía, del jefe que está loco, del mundo que no me entiende... La culpa es siempre del otro. Nos miramos el ombligo únicamente cuando, ante nuestra retina, el ombligo se muestra como un agujerito simpático, perfecto y redondito. Ignoramos al mirarlo que estuvimos a través de él unidos a otra persona, a nuestra madre, ni más ni menos. Porque el ego no nos mata, todo lo contrario, nos nutre. Freud definió el ego como la representación de la realidad y de la razón. Representación entendiendo el término en su segunda acepción, como imagen o idea que sustituye a la realidad. Y nos nutrimos de él porque bajo su yugo la inferioridad adquiere visos de superioridad, creemos que somos lo que nos gustaría ser y mientras, lo que somos queda oculto tras la sombra enorme y alargada de ese ente que viene a distorsionar, a cambiar los cristales de cóncavos a convexos, de convexos a cóncavos, depende de lo gordos o lo delgados que deseemos ser.

La pandemia ha arruinado nuestro pequeño comercio. La gestión que el gobierno ha hecho de la pandemia ha arruinado nuestro pequeño comercio. Y olvidamos. Porque nos es fácil olvidar. Borramos de un plumazo los tachones, nos deshacemos de cualquier responsabilidad personal. Mucho antes de la pandemia, nosotros, los que mantenemos al fin vivo el pequeño comercio, habíamos optado por los grandes almacenes, habíamos escogido al vendedor de libros frente al librero; al melómano, que no sólo nos va a vender un disco, sino del que vamos a aprender, lo sustituimos por el vendedor de música que ayer era el vendedor de libros y mañana será el vendedor de cámaras fotográficas y la semana próxima el de prendas de nueva temporada. El librero recomienda, informa… Con aquel dueño de la tienda de discos de la esquina, que tuvo que cerrar mucho antes de que la pandemia se avistara lejos en el horizonte, aprendías de grupos que nunca aparecerán en las pantallas de los vendedores autómatas, esos que responden lo que la pantalla les dice, y las pantallas hablan tan sólo de las novedades que los grandes holdings lanzan... La culpa es de la pandemia, la culpa es del gobierno que arremete con su gestión contra los pequeños comerciantes. La culpa nunca es nuestra, a pesar de cruzar la calle, dar la espalda a la pequeña librería, a la tienda de discos de la esquina, para atravesar las cristaleras automáticas de un centro comercial. El daño es nuestro, el gusto es de los grandes almacenes y de las fundaciones que los gestionan, de hombres que dirigen titánicos centros comerciales y a los que, gracias a nosotros, la revista Forbes posiciona en un beneficioso 7º lugar en el ranking de las fortunas españolas. Y parafraseando a dos grandes genios, Tip y Coll: "La próxima semana hablaremos del gobierno".

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