Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
El taxista ha cambiado el tono de voz al escuchar la dirección. Ha abandonado el timbre agudo con el que me saludó al introducirme en el vehículo por un tono grave, una voz de ultratumba que acompaña con la mirada fija en mis ojos a través del espejo retrovisor. Con el motor en marcha y el vehículo detenido en la parada, como si la respuesta que espera le impidiera conducir y escuchar al mismo tiempo, me pregunta "¿con discreción o sin discreción?". "¿Perdón?". Me disculpo por no entender, por sentirme extranjera en mi propia lengua. "Esta noche es el cuarto viaje que hago". Sigo sin comprender nada. Le he dado la dirección de mi casa. "No sé de qué me habla. Voy a mi casa", le aclaro, para que me aclare. Entonces me cuenta. En la esquina de la calle hay una casa siempre iluminada, me da datos que yo no pido, nombres de famosos por los que no pregunto y visibilizo la luz como un faro guía, una vela en la ventana que orienta a los muertos hacia su lugar, hacia los suyos; la casita iluminada en mitad del bosque hacia la que Hansel y Gretel corren en busca de refugio; la luz habla y dice que se puede tocar al timbre, la bombilla contra la que la falena terminará fatalmente achicharrada. Llevo veintidós años en esa calle, en el barrio, y es la primera noticia que tengo. Pero parece que soy la única que no sabe nada. Lo comento al día siguiente con una vecina y ésta me mira como se mira a los cándidos. La chica que me ayuda en casa frunce el ceño y levanta las cejas sorprendida de mi sorpresa.
En el Flea Market entre la 6ª y la7ª, 29 west 25th Street, en Nueva York, se sentaba en la puerta una dulce ancianita de ojos azules. En su regazo guardaba un viejo bolso de piel donde de tanto en tanto iba metiendo los dólares que los comerciantes le daban como pago por una mañana tranquila. Al finalizar el día el bolso estaba tan lleno que los dólares buscaban oxigeno asomando sus esquinas por el cierre metálico. A nadie se le ocurría robar a la Doña o acercarse a ella si su gesto no decía lo contrario. Un carácter que impone miedo y no respeto. Todo el mundo, incluso la policía, en Nueva York, conocía a la Doña. Todo el mundo en la ciudad conoce la casita iluminada. Ilusa de mí, nunca me imaginé que Granada pudiera estar inmersa en una cinta de cine negro americano.
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