A la sombra de los olmos
José Martínez Olmos
Me-Lo I Nvent O
Vaya, estarás a gusto con la que está cayendo”, me dijo el otro día –con inequívoco aire acusador– un conocido que sabe de mi vieja afición por la lluvia. Y sí, la verdad es que los que amamos la lluvia –pluviofílicos, nos llama la Wikipedia, como si fuéramos visitantes depravados de la isla de Jeffrey Epstein– no podemos estar muy contentos con lo que está ocurriendo. Es cierto que nos gusta la lluvia y que añoramos el clima otoñal, pero lo que estamos viviendo con esta borrasca está superando todo que habíamos conocido. Que salgan cataratas de agua por los enchufes de las casas de Grazalema no es como para sentirse muy tranquilo. Y mucha gente ha tenido que ser evacuada y puede perder todo lo que tiene. No, no podemos estar contentos los pluviófilos, por mucho que nos guste la lluvia.
Y más aún cuando ya ha habido una primera víctima mortal de esta borrasca que hasta el momento se llamaba Leonardo y ahora ya se llama Marta. Según he leído, la mujer que se cayó al río Turvilla en Sayalonga, en el interior de Málaga, cuando intentaba rescatar a su perro, acababa de cumplir 45 años y era profesora de yoga. Caro se metió en el río y consiguió salvar al perro, pero las aguas la arrastraron y no consiguió salir del río. Acabo de leer que su madre, desesperada, comentaba que tenía otro hijo que había muerto cuando tenía 14 años y que Caro era la única hija que le quedaba. ¿Cómo será el dolor de esta madre que acaba de perder a su segunda hija? Es curioso, pero ningún idioma humano registra un vocablo que designe a las madres que han perdido a uno o a varios hijos. Existen los huérfanos, y los viudos, y las viudas, pero no hay una palabra específica para un padre o una madre que hayan perdido a un hijo. El chino, tan sabio, tiene vocablos que definen a un “viejo sin esposa” y a una “vieja sin marido” y a un “niño que ha perdido a su padre” y a un “viejo o vieja que no tiene hijos”. Pero eso es todo. Y lo mismo ocurre con el griego clásico o el hebreo, donde el único vocablo que existe es el del duelo, shkhol, por la pérdida de un ser querido. Y no hay más. A partir de ahí, el lenguaje humano se queda mudo, no sabe qué decir.
Descanse en paz la mujer que cayó al río, y que su madre encuentre algo de consuelo en este mundo que ni siquiera ha sabido encontrar una palabra para definir lo que ha vivido.
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