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El lanzador de cuchillos

Con él empezó todo

Sanz solo podía contar con los aficionados, que se atrincheraron en sus recuerdos para salvar su equipo y el de sus padres

Lo contaba ayer mi querido Jorge de la Chica en su reseña para la Cadena COPE. A menos de dos meses de que empezase la temporada 2005/06 la situación del Granada CF era desesperada. El club, que militaba en tercera división, categoría infame a la que había descendido por cuestiones administrativas, era incapaz de reunir los ciento cincuenta mil euros necesarios para poder inscribir al equipo en la competición.

El Granada, un aristócrata venido a menos, que en unos meses habría de cumplir setenta y cinco años, estaba a punto de cerrar el castillo y tirar la llave al foso de los cocodrilos. Pero el 12 de julio de 2005, Lorenzo Sanz aterrizó en Granada y en un Palacio de Congresos hasta la bola de aficionados, anunció su intención de invertir en el club y salvarlo de una desaparición segura e inminente.

No lo tuvo fácil, sin embargo. Granada es una plaza complicada, con una oligarquía económica que impregna de rencor y de fracaso el aire de la ciudad. "La peor burguesía de España", en palabras de Lorca, ha transferido a lo largo del tiempo al resto de la ciudadanía su carácter cerrado y alérgico a las novedades. Las élites locales, por convicción o por dejadez, han conducido a nuestra tierra a la parálisis. Y en ese estado de cosas, el individuo con iniciativa -y, además, de fuera- adquiere inmediatamente la condición de sospechoso.

Uno, que es optimista antropológico como el bobo de Zapatero, siempre espera, cuando se abren en el horizonte nuevas expectativas, respuestas acogedoras que, desgraciadamente, sólo se producen cuando el éxito de aquéllas ya es incontestable. El anuncio del desembarco del expresidente del Real Madrid en el club de Recogidas, con el compromiso de insuflar vida a una entidad históricamente ligada a la ciudad, fue acogido por determinados sectores del empresariado, la política y el periodismo con abierta hostilidad. Al fondo, un intrincado panorama de intereses públicos, semipúblicos y privados, de orden económico, deportivo y mediático, que convertían a Sanz y al viejo equipo de la ciudad en una parte molesta del paisaje.

El madrileño -y su hijo Paco, que ejerció de presidente- sólo podía contar con los últimos de Filipinas, los tres mil aficionados que nunca se rindieron, aquel puñado de románticos que, en palabras del poeta Fernando Valverde, se atrincheraron en sus recuerdos para salvar a un equipo de fútbol: el suyo, el de sus padres, el de sus abuelos.

El resto es historia reciente. Cuando hace un par de semanas un Granada de primera jugó en Los Cármenes el partido de vuelta de una semifinal de Copa cincuenta años después, en las rayas horizontales de la camiseta, cosidos con hilo invisible, estaban un nombre y un apellido: Lorenzo Sanz. Con él empezó todo.

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