Obituario

Esteban de las Heras, un magisterio imborrable

No fue solo ese maestro indiscutible de muchos periodistas, sino también el amigo sabio, el incorruptible, el que nos reunía en torno a una olla de San Antón o el que nos contaba un episodio histórico con más detalles que cualquier catedrático universitario

Esteban de las Heras en una imagen de archivo.
Carlos Gil / Archivo

A veces las malas noticias te sacuden de manera tan contundente y definitiva que, para consolarte a ti mismo, tienes que recurrir al halo que permite la nostalgia. Enseguida, la pérdida de un amigo se convierte en admiración y sabes que su estela pervivirá contigo hasta que a ti te llegue el momento. Y no pocas veces surgirá en tu mente el día en el que conociste a ese amigo que has perdido.

Al llegar mi primer día de trabajo a la redacción de Ideal, Esteban de las Heras, que ejercía de redactor jefe, me ordenó que cogiera el coche, la cámara fotográfica y que me fuera a la Sierra de Cázulas, donde se había iniciado un fuego importante. Yo no tenía ni idea de dónde estaba esa sierra y se lo pregunté. Su respuesta fue tan lacónica como cortante: "Te vas por la carretera de la Cabra y ya verás el humo". Joder, pensé, pues vaya explicación. La verdad es que no me cayó bien aquel redactor jefe.

Cuando regresé, sobre las doce de la noche, derrengado y oliendo a humo, me esperaba en su despacho y me asignó una máquina de escribir para redactar la crónica. La presión era enorme porque me esperaban los linotipistas y los de talleres para que mi escrito entrara en la rotativa. Terminé sobre las dos de la madrugada. Al cansancio de las horas de coche (tenía un “dos caballos”) por aquella infame carretera, la búsqueda de la información necesaria para la crónica y el apremio por acabar cuanto antes me dejaron hecho polvo. Pensé que me había equivocado al cambiar mi cómodo puesto en el gabinete de prensa de Jaén por el de redactor de un periódico en el que tenía que trabajar doce horas y salir a las tantas de la madrugada.

Todos los redactores se habían ido ya; solo quedaba Esteban de las Heras, que, tras leer mi crónica y hacer las oportunas correcciones, me preguntó si tenía hambre. Le dije que no había comido en todo el día. En su rostro surgió esa ladina sonrisa suya, tan característica, con la que mostraba su pundonor y su inteligencia. "Anda, vamos a comer algo por ahí", me dijo. Recalamos en un local de salchichas de Frankfurt en Pedro Antonio de Alarcón que aún estaba abierto, y nos metimos entre pecho y espalda cuatro magníficos bocatas —dos él y dos yo—, con sus correspondientes cervezas. De lo que menos hablamos fue de periodismo. Pero sí recuerdo que me dijo algo así como que, si quería dedicarme a escribir en los periódicos, me aguardaban muchos episodios como el de la Sierra de Cázulas. Desde entonces, solo me dediqué a admirarlo y aprender de él.

Esteban de las Heras no fue solo ese maestro indiscutible de muchos periodistas, sino también el amigo sabio, el incorruptible, el que nos reunía en torno a una olla de San Antón o el que nos contaba un episodio histórico con más detalles que cualquier catedrático universitario. Desde hace unos quince años, varios veteranos periodistas nos reunimos en el Chikito en una tertulia que llamamos Jueves de Congregación. En ella, él ha sido siempre la salsa que condimentaba toda buena conversación.

Esteban era un burgalés trasplantado en Granada. Con 35 años fue director de la Hoja del Lunes. Prácticamente toda su vida laboral la pasó en Ideal, hasta que se prejubiló y entró como director gerente de la Fundación de Emasagra. Sus artículos de opinión, entre el lirismo y la tradición, tenían la lucidez de la madurez y una rigurosa visión interpretativa de la vida. Su magisterio permanecerá imborrable en una legión de periodistas.

Gracias, Esteban. Fue maravilloso trabajar treinta años contigo. Y beber juntos el vino de las tabernas.

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