A un servidor le suele dar miedo cuando Pedro Sánchez, Presidente del (des)Gobierno de España, niega que vaya a suceder algo o que vaya a ceder en algo a cualesquiera minorías parlamentarias nacionalistas o separatistas a los que debe la des gobernabilidad de su malhadada presidencia. Porque cuando niega que por su voluntad algo pueda suceder, esgrimiendo para ello hasta los más peregrinos argumentos, es cuando de manera segura, cierta e inexorable esa cosa se produce, sucede, acontece en medio de otros tantos argumentos en contrario, salidos de la misma boca y de la misma extraña inteligencia y que son coreados, con eficacia de escolanía catedral, por una cohorte ministerial a más de veinte voces bien acordadas y perfectamente coordinadas en sus comparecencias ante los medios de comunicación, los mismos que antes transmitieron exactamente –y con pétrea convicción– la opinión opuesta.

Y por todo, por la proliferación de una opinión gubernamental determinada y la producción y defensa inmediata de su antagónica, hay muchos –pero muchos– comentaristas de la actualidad, analistas más o menos acertados de los acontecimientos políticos –yo mismo, hasta ahora poco– que suelen afirmar que Pedro Sánchez es un mentiroso, un embustero confeso e irredento que ya ha perdido –si es que alguna vez la tuvo– la vergüenza que a toda persona con principios y capacitado para vivir en medio de la sociedad, de la civilización, se le ha de suponer.

Sin embargo, poco a poco y conforme ha venido pasando el tiempo y produciéndose los contradictorios aconteceres que atañen a este (des)Gobierno que padecemos y que pretende aún hacerse reconocer socialista –y por ende de izquierdas–, me acentúo en el convencimiento de que no se trata de un embustero, tal y como se entiende cualquier acepción relacionada con la mentira, sino que lo que realmente sucede es que estamos gobernados –o desgobernados– por un auténtico sofista, teniendo en cuenta que al sofismo podemos reconocerlo como argumento falaz o razonamiento falso, formulado con la clara pretensión de engañar al adversario. En el caso de un gobernante, engañar al gobernado. En el caso de Sánchez –concretamente– mentir, falsear, burlar, engatusar, enredar y embaucar a todo el que se ponga por delante de sus desmesuradas y extremas ambiciones y al que arrollará y olvidará sin la menor piedad.

Por esas razones y porque no todo el mundo practica la candidez, la inocencia e incluso la ingenuidad de manera permanente, los enemigos –que no adversarios– que aún lo sostienen en el podio del poder, le están sacando hasta los tuetanillos, pero fiarse, lo que se dice fiarse de Sánchez, a estas alturas no hay cristiano que esa virtud practique, ni su madre que le dio el ser ni, seguramente, su mujer que –si no es tonta, que no lo es– lo debe ya conocer sobradamente bien ¿O no?

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios