Crónica personal
Pilar Cernuda
Periodistas del siglo XX
En diez días se nos han ido dos de los periodistas más emblemáticos de finales del siglo XX, siglo turbulento que vivieron intensamente. No podían desaprovechar la ocasión de ejercer su oficio en los años más ilusionantes de unas décadas en las que ocurrió de todo, y poco bueno. Pero Raúl del Pozo y Fernando Onega fueron testigos muy activos del renacer de una España que pasó del negro de una guerra civil y una dictadura, a una democracia plena. Costó, pero acabó siendo un orgullo para los españoles y asombro de todo un mundo que había castigado a la España franquista con el aislamiento internacional.
En esa España que iniciaba la aventura de emprender el camino de la democracia y redactar una Constitución que se ha convertido en la más duradera de la historia, Fernando y Raúl tuvieron un papel esencial: contarlo. Para ello utilizaron su arte a la hora de escribir y analizar, poner voz e imagen en sus intervenciones en radio y televisión. No podían ser más distintos de carácter y trayectoria pero les unía un lazo indestructible: se sentían hombres de pueblo. Uno de Galicia y otro de Cuenca, iban de frente, con su sinceridad por delante, carecían de vueltas.
De Fernando se ha dicho de todo, y todo bueno. Raúl falleció este martes después de semanas de enfermedad que le golpeó fuerte, sin fuerzas siquiera para hablar. Se fue tranquilo y en paz. Su vida había sido apasionante y turbulenta, amó a muchas mujeres y fue amado, sobre todo por su leal compañera de vida, Natalia. Fue corresponsal en Francia y Rusia sin saber una palabra de francés ni ruso, ni falta que le hacía, porque describía como dios los episodios nacionales de los dos países. Le sobraba ingenio y oficio.
Sumaba amigos incondicionales de distintas procedencias y culturas, le encantaba el arte de la seducción, que desplegaba generosamente, y era un dandy en el mejor sentido de la palabra, elegante, educado y cortés. Coqueto, le encantaba que le llamaran guapo.
Este perfil superficial iba parejo a la inteligencia propia de quien caza al vuelo qué se está gestando en el mundo en el que se desenvolvía, la información política y el periodismo. Junto a esa inteligencia estaba la sabiduría y la intuición de quien ha crecido en un pueblo y llega a Madrid dispuesto a triunfar. Conoció la bohemia y los salones más elegantes, a los mejores literatos y aventureros y, llegada la Transición, años de novedad y de cambio, trató de cerca a los más importantes personajes, desde los hombres y mujeres de la cultura y el espectáculo a los políticos de todo pelaje y condición que construían la nueva España democrática. Incluido el rey Juan Carlos que, me consta, le tenía en gran aprecio, al que Raúl correspondía.
Tuvo suerte, como Fernando, de pertenecer a una época irrepetible. Les separaban más de diez años, pero vivieron los mismos acontecimientos, los contaron como nadie y se fueron con la satisfacción de participar de una aventura que muchos habrían pagado fortunas, o cometido locuras, por vivirla desde dentro.
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