La generación que se bañaba en calzoncillos

Si aquella generación que aprendió a nadar en pozas o entre ovas y boñigas existe, es porque merecía estar en esta vida

23 de agosto 2023 - 00:00

Mi amigo Andrés Ureña se hacía largos en el pilar rectangular que hay al comienzo de la calle Elvira. Mi amigo Paco Ardoy se bañaba en el río de su pueblo en donde se había creado el ‘estilo beas’, que era nadar con el brazo izquierdo extendido y con el derecho ir apartado la suciedad y las boñigas de vaca que iban a parar al cauce. Mi amigo Manolo Ruiz, el pintor, aprendió a nadar (con unos trozos de corcho que le ponía su padre atados a la cintura) en las pozas del Charcón y Maitena. Yo me bañaba en mi infancia en la alberca de Ramos, que estaba llena de ovas y cuyo espacio le disputábamos en verano a las ranas y a las culebras. Nos bañábamos en calzoncillos o en pelota picada porque ninguno teníamos bañador. Las mujeres se bañaban con el bambo y con los pololos. Nada de playas. Nada de piscinas. Nada de higiene. Cualquier charco o estructura que tuviera agua servía para remojarnos. Aquí en Granada los niños del franquismo tenían los Baños de Don Simeón, que estaban cerca del Paseo del Salón y que eran una poza enorme que se surtía de agua de la Acequia Gorda. Allí las mujeres solo podían entrar un día a la semana. Los bañadores y los flotadores (que eran neumáticos de coches y camiones) se podían alquilar por dos reales. También en el Triunfo había unas pozas surtida por las aguas de Alfacar y el Darro permitía charcas a lo largo de su recorrido en donde se podía ver a familias enteras metidas en el agua. Era lo que había. Hasta que llegaron las piscinas del Estadio de la Juventud y de Neptuno la gente se bañaba en cualquier sitio. No había depuradoras ni el cloro se utilizaba como elemento clave para mantener en buen estado el agua. Son muchos los granadinos sexagenarios y septuagenarios que se acuerdan de haberse dado chapuzones en las piscinas antes citadas, que eran las más populares. Pero también estaban la Piscina Miami, la Paraíso, la San Sebastián, la del Camping Sierra Nevada… La mayoría de ellas sin depuradoras, por lo que cada cierto tiempo había que cambiar el agua para evitar diarreas y fiebres tifoideas. Quiero decir con esto que si aquella generación que aprendió a nadar en pozas o entre ovas y boñigas de vaca existe, es porque merecía estar en esta vida. Para darle sentido a una época y para imprimir en la sociedad unos valores que ahora se echan de menos. ¡Qué pollas!

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