Una historia en el autobús

25 de febrero 2026 - 03:09

El otro día cogí (abstenerse de leer esto los argentinos) el Cuatro para ir a La Chana. Iba a presentar una de mis obras en una librería que es de unos amigos. La librería, muy colleja e íntima, se llama Origami, pues, ya puestos, les hago una mijitilla de publicidad a mis amigos. El autobús lo tomé en Puerta Real. Decidí sentarme porque el trayecto es largo. A mi lado había un asiento vacío que enseguida ocupó una mujer de mediana edad. Iba yo dale que te pego pensando en mis cosas cuando oigo sonar el móvil de mi vecina de asiento. Por lo visto era una amiga. Las dos se pusieron a hablar. Mi instinto periodístico me llevó a pegar la oreja y escuchar lo que decían. Mi vecina le habló a su interlocutora de una enfermedad que había padecido recientemente. Estaba pendiente de unos resultados sobre unas pruebas que le habían hecho para ver de dónde podía provenir su fuerte dolor de espaldas. Como soy muy hipocondríaco, estoy acostumbrado a los pensamientos lúgubres y a súbitos ataques de tristeza. Por ese motivo me dio pena lo que le pasaba a mi vecina. Pero luego llegó la conversación que me ha servido para hacer esta columna. Cuando el autobús pasaba por la Gran Vía me enteré de que una amiga común de la mujer que iba a mi lado y de su interlocutora había dejado a su marido y se había ido a vivir con un chico que había conocido en el gimnasio. En la Plaza del Triunfo la conversación giraba en torno a que el marido agraviado le había pedido la custodia de los hijos, ya que consideraba que su mujer le había sido infiel y que no tenía derecho a estar con ellos. Las dos mujeres que hablaban por teléfono defendían a su amiga y estaban convencidas de que la pretensión del marido no iba a llegar a buen fin. De eso me enteré cuando el autobús llegó a la carretera de Málaga, a la parada de Villarejo. La cosa se ponía interesante. Por lo visto el tema había llegado a los tribunales y se había enredado tanto que había implicadas otras personas ajenas. “¿Y sabes lo que ha hecho el marido?”, preguntó mi vecina a su interlocutora cuando el autobús llegó al Parque de Almunia.

Deberían prohibir que la gente hablara por teléfono en los transportes públicos, más que nada porque la mujer que estaba sentada a mi lado se bajó en esa parada y yo no me enteré de cómo terminó la historia.

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