Alto y claro
José Antonio Carrizosa
¿Ha engordado el PSOE a Vox?
Uno siempre fue más de Gabinete Caligari, de las rosas rojas que recuerdan a la lencería de la amada, que de los “largos silencios” con los que Julio Iglesias homenajeaba a su retoño Chábeli. Para muchos de mi generación, Julio Iglesias era algo de madres (no de la mía, fan de Elvis) y de niñas un poco atolondradas y romanticonas. Las chicas que nos gustaban más eran las que cantaban los estribillos de los Inhumanos y pasaban los veranos en las academias para cateados de Sevilla.
Pero con el tiempo algunos hemos desarrollado una cierta simpatía por este cantante que hizo de Hispanoamérica su hogar y dotó a los españoles errantes de ese himno oficioso que es Quijote.
Julio Iglesias, ya lo saben, está en el punto de mira de la internacional del Me Too. Dos señoras que trabajaron en su hogar lo han denunciado ante la Audiencia Nacional por abusos sexuales y acoso. Como era de esperar, las lenguas mediáticas y políticas se han desatado. Se dibuja a un Julio Iglesias como un Barba Azul que vive encerrado en su mansión de los placeres y al que periódicamente se le sacrifica carne joven. Y puede que sea verdad, pero también puede que sea mentira. Cuesta creer que un great lover como Julio necesite de esas artimañas para repoblar el lecho. Tampoco se entiende que las denunciantes no abandonasen inmediatamente la mansión de la lujuria a la primera señal de lo que allí ocurría. Pero somos conscientes de la complejidad del alma humana y de sus deseos más oscuros. También de que la necesidad puede llevarnos a comportamientos aberrantes. Sea como fuere, no se justifica en absoluto el estado de linchamiento general que ya se observa. El feminismo clásico ha sido una de las fuerzas emancipadoras de la historia. Sin embargo, el feminismo radical, el representado por las Irenes y las Belarras, se ha convertido en un problema grave para la democracia y la justicia.
Mención especial merece Libros del Asteroide, editorial que recientemente publicó El español que enamoró al mundo, un ensayo de Ignacio Peyró sobre el señor Iglesias. En cuanto trascendió la noticia apenas tardó unas horas en difundir un comunicado para mostrar su “solidaridad con las víctimas”. Es curioso, porque yo no sé todavía quién es la víctima en esta historia. Nadie, salvo los implicados, lo puede saber. Y quizás ni estos. Que lo decida el juez, como era la vieja costumbre de los países civilizados antes de las motosierras de género.
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