La colmena
Magdalena Trillo
¿‘Tradwives’?
El otro día, al pasar por Puerta Real y ver los puestos dedicados a la filatelia y la numismática, les tuve que explicar a mis nietos lo que era un sello. Les dije que antes para comunicarse dos personas existían unas cartas que tenías que escribir y que si querías enviarla a alguien que no vivía donde tú vives, tenías que ponerle una estampita que se pegaba en el sobre. ¿Y cómo se pegaba?, me preguntaron. Pues te lo ponías en la lengua y le dabas un lametón, les dije. Vi en sus rostros un atisbo de asco, pero enseguida le dije que si no querías echarle saliva al sello, se podía hacer pasándolo por una esponjita con agua. Todo aquello les sonaba a chino. Y con razón.
Hubo un tiempo en el que había muchos coleccionistas de sellos. La filatelia fue una pasión para mucha gente que buscaba estampitas de Correos hasta en los cubos de la basura. En los años noventa del siglo pasado llegaron a estar censados casi medio millón de coleccionistas privados y España era una potencia filatélica. Hasta surgió una empresa llamada Fórum Filatélico que hizo que la gente invirtiera en sellos de correos. Luego resultó ser una estafa en la que engancharon a casi 450.000 personas. Uno de los mayores fraudes financieros de la historia de España. Pero bueno, ese es otro tema. Íbamos diciendo que casi nadie utiliza ya los sellos para enviar una carta, entre otras cosas porque las cartas tampoco se escriben. Eso no quiere decir que el amor por los sellos se haya extinguido –les dije a mis nietos–, ya que hay gente, cada vez menos, eso sí, que encuentra en la filatelia una fuente inagotable de cultura. Y les hablé de mi amigo Rafael Acuña, que es miembro de la Real Academia Hispánica de Filatelia e Historia Postal y que me dijo un día que todo lo que había aprendido en la vida se lo debe a los sellos.
Para terminar mi disertación filatélica, les dije a mis nietos que cuando yo era joven casi todos los sellos llevaban impresa la cara de Francisco Franco, que había gobernado España durante cuarenta años y que venía mucho a la Sierra de Segura a cazar. Y les conté la anécdota de ese matrimonio que iba por una de las carreteras de esa sierra y les pasó por su lado un Land Rover en donde iba el dictador en el asiento de al lado del conductor. La mujer se sorprendió y gritó al marido: ¡Mira Manolo, es el que sale en los sellos!
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