Justicia a la americana

17 de febrero 2026 - 03:08

La detención exprés y a domicilio de todo un presidente de una nación ‘soberana’ llamado Nicolás Maduro viene a coronar la larga y cruel manía justiciera de los Estados Unidos, ese ente con maneras y conciencia de patrón de plantación sureña que decidió hace siglos erigirse en juez, vigilante y amo de la democracia en el mundo entero. Basta con remontarse a la invasión de la isla de Granada, homónima del Caribe, donde un brotecillo izquierdoso fue aplastado en horas. Invades, encarcelas, impones tu orden y ojito que te vigilo. Fin.

Así sucedió con tipos como el presidente panameño Manuel Antonio Noriega en 1989. A la operación se le llamó Causa justa, por si había dudas, claro. El control del Canal peligraba y el Tío Sam tuvo que agitar el látigo ante el esclavo. El sueño de independencia de todo un país había que bajarlo a la realidad. Y listo. Y así hasta el hartazgo moral de los pueblos pisoteados que pasaron de colonias españolas a vasallos tutelares de los yanquis.

Con Nicaragua, tres cuartos de lo mismo pero con ocupación de veinte años a principios del siglo veinte. El amo siempre gana. Siempre.

Nada personal según se ha visto con Maduro que hasta sonreía casi feliz ya preso. Son sólo negocios. Por eso lo de Maduro se nos va olvidando. Unas poquitas quejas con algo de alivio y ya se puso a otra chavista que, ésta sí, llama a la Casa Blanca y le pregunta al capo qué hacer para tenerlo contento. ¿A cambio? No ir a la cárcel como su antiguo jefe; y, podría ser, algún mordisquillo de aquella recompensa millonaria para el que traicionara al guía de la ‘revolusión’.

Da asquito todo esto, sí. Deja el idealismo político como un simple decorado de cartón piedra, que por algún tiempo creímos auténtico. Qué ingenuos. No sabíamos que sólo era cosa de negocios. Pobres y además ilusos. Será por eso que, ahora que el mundo ya sólo es capital y beneficios, lo gobiernan un constructor de pisos, un espía del KGB y un maquiavélico químico chino. Los demás sobramos.

En esas manos estamos mientras una caterva de diplomáticos hacen la comedia de firmar convenios huecos en un orden internacional que, con todo el morro, se salta siempre el amo, que para eso él pone el dinero, las normas y se erige en juez de lo que pase en el interior de su rancho.

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