Quizás
Mikel Lejarza
Recordando al teniente coronel Bill Kilgore
Pobres provincias, qué desorientadas viven pensando que sus tradiciones les pertenecen por el simple hecho de haberlas parido. ¡Menos mal que Madrid, en su infinita generosidad de metrópoli succionadora, ha decidido rescatar a Andalucía de su propia irrelevancia! Ya está aquí Madridlucía. Porque, como bien sabe cualquier español de bien, si algo no ocurre entre la M-30 y la Puerta de Alcalá, sencillamente no existe. Es un simulacro, un ensayo regional de lo que solo adquiere categoría de evento universal cuando se le añade el prefijo ‘Mad’. Tras el “éxito” de haber convertido las Fallas de Valencia en un esperpento matritense, llega ahora esta catetada de proporciones bíblicas: trasladar el concepto de feria andaluza a la capital. Porque claro, lo que le faltaba al madrileño –ese ser que ya lo tiene todo, incluido el IVA de la fábrica de conservas de un pueblo de Zamora– era el rebujito junto al Manzanares. ¡Qué detalle! Ya que Madrid se queda con los ingenieros de Extremadura, los médicos de Castilla y los recursos fiscales de meda España ¿por qué no quedarse también con el espíritu del sur? Este madridcentrismo psicótico ya no se conforma con vaciar las mesas de las provincias limítrofes, ahora necesita vaciarles el alma. Es el colonialismo de la gomina. Madrid es ese invitado que llega a tu fiesta, se come tu tarta, se lleva a tus primos a trabajar a su oficina y, encima, decide que el año que viene la fiesta se celebra en su salón porque allí “hay más ambiente”. Uno se pregunta, en este delirio de grandeza de quienes confunden cosmopolitismo con saqueo cultural, cuándo darán el siguiente paso. ¿Para cuándo unos Sanfermines por la Gran Vía? O mejor aún, una romería del Rocío cruzando la Casa de Campo, con las carretas chapoteando en el barro de un Manzanares que, puestos a fingir, bien podría ser el río Quema si la Comunidad de Madrid así lo decreta. Al final, este esperpento de Madridlucía no es más que el síntoma de una patología profunda: la del cateto con presupuesto. Ese que, a falta de identidad propia que no sea la de un centro comercial gigante, necesita apropiarse de lo ajeno para sentirse vivo. Cuanto más pretenden abarcarlo todo, más demuestran su pavorosa carencia de aquello que intentan imitar. Madrid no tiene feria, lo que tiene un complejo de inferioridad disfrazado de soberbia metropolitana. Disfruten del rebujito con sabor a asfalto y sede fiscal; la vergüenza ajena ya la ponemos los demás.
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