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Mikel Lejarza
Recordando al teniente coronel Bill Kilgore
El 30 de abril de 1975, la imagen del último helicóptero estadounidense despegando de la azotea de la embajada en Saigón quedó grabada para siempre en nuestra memoria, ya que no solo marcó el fin de una guerra, sino que selló la mayor humillación militar de los EEUU en el siglo XX. Hoy, cincuenta y un años después, la situación en Oriente medio evoca los fantasmas de Vietnam.
En Vietnam murieron cerca de tres millones de vietnamitas, por 60.000 bajas del lado norteamericano. El coste económico para el erario norteamericano fue, ajustado por la inflación, de más de un 1 trillón de dólares en dinero actual. Sin embargo, su legado más duradero fue la reticencia profunda de la opinión pública estadounidense a involucrarse en conflictos prolongados y de objetivos difusos. La caída de Saigón demostró que la superioridad tecnológica y el gasto militar infinito no garantizan la victoria frente a un adversario con una determinación ideológica inquebrantable y una estrategia de resistencia local.
Al igual que en 1975, nos encontramos ante una superpotencia intentando imponer un nuevo orden regional mediante la fuerza aérea y el castigo económico, y del mismo modo en que el Vietcong sobrevivió a bombardeos masivos, el dictatorial régimen iraní ha demostrado una capacidad de resiliencia fortísima. Pero es lo diferencial del actual conflicto lo que lo hace más peligroso. Vietnam fue una guerra contenida geográficamente, el actual enfrentamiento amenaza con afectar el estrecho de Ormuz y a la estabilidad energética global.
La historia nos enseña que las guerras son fáciles de empezar y difíciles de terminar. La crisis actual demuestra que los humanos no hemos comprendido que la destrucción de infraestructuras no asegura la rendición de una nación, ni la paz duradera. Recordemos al fallecido Robert Duvall en Apocalipsis Now (1979) cuando interpretando al teniente coronel Bill Kilgore, exclamaba que le encantaba el olor del napalm por la mañana “porque olía a victoria “. Y no es así. Las batallas sólo dejan hedor a podrido porque cuando se usa la violencia lo primero que se pierde son la verdad y la vida. De ahí que la única victoria real resida en conseguir la Paz. Sólo cuando los drones dejen de trasladar bombas, la brisa marina nos traerá aromas a jazmín, azahar, lavanda, limones y naranjas. Porque eso es a lo que huele la primavera.
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