De otro color
Juan Pablo Luque Martín
Proyecto Alfa
Se cumplen hoy treinta años y dos días de aquella imborrable ceremonia inaugural de los Campeonatos del Mundo de Esquí Alpino que se celebraron en Sierra Nevada en aquel imborrable febrero de 1.996, convirtiendo a Granada en el referente mundial de los deportes de invierno. Ocurría por primera vez en nuestro país y se convirtió en el acontecimiento deportivo más importante de los organizados por España desde los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, amén de resultar el mundial de esquí más meridional de todos los celebrados hasta la fecha… y hasta hoy. Como testigo de excepción de la génesis y el desarrollo de aquella bendita locura, escribo estas líneas desde la emoción más profunda, pero también desde el orgullo que me produjo comprobar como hicimos posible lo que parecía imposible, porque conseguir la nominación para organizar esos campeonatos en una estación que estaba fuera del selecto club de los países alpinos, era una misión imposible, como se encargaban de trasladarnos todos los expertos.
Parafraseando el título de la maravillosa novela de Terenci Moix, aquellos quince días de febrero, de los que ahora de cumplen 30 años, fueron la materialización de un sueño y de un milagro. Un sueño que comenzó varios años antes, cuando Jerónimo Páez, auténtico artífice de aquella fantasía, y Antonio Jara, el mejor alcalde de Granada que nos ha dejado la democracia, creyeron que era, no solo posible, sino también fundamental, para poner a Sierra Nevada en el mapa mundial de las estaciones de invierno y de paso convertir lo que era un auténtico desastre urbanístico, de dominio esquiable y de medios mecánicos, en una de las mejores estaciones de Europa. Para el milagro hicieron falta Su Majestad el Rey, el presidente del Comité Olímpico Internacional, el del Gobierno de España y el de la Junta de Andalucía, quienes cuando la meteorología adversa nos dejaba sin nieve en la fecha real del mundial que era la de 1995, consiguieron persuadir a la Federación Internacional de Esquí, de que en lugar de suspender el campeonato, lo aplazaran hasta el año siguiente. Una decisión sin precedentes que a la postre se demostró un absoluto acierto. Amén de la nostalgia comprensible y el legítimo orgullo, la efeméride que celebramos estos días, debe servirnos para rearmarnos como sociedad, para convencernos de que si queremos podemos y de que no hay empresa, por difícil que parezca, que una Granada unida no pueda conseguir. Pongámonos manos a la obra porque tenemos materia en la que emplearnos.
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