De otro color
Juan Pablo Luque Martín
Proyecto Alfa
El barrio tiene un olor especial que se queda pegado a la ropa y a la memoria. Huele a esa marihuana que flota en el aire como una niebla persistente, mezclada estos días con el aroma denso de la lluvia y el frío. Es un olor que habla de una realidad dura, de una lucha por respirar entre el humo y el olvido. En medio de ese aire, la figura de Juan Carlos se alza como un soplo de oxígeno necesario.
Este sacerdote no aparta la mirada ante el paisaje gris. Al contrario, lo habita. Su labor en Proyecto Alfa es una lección de presencia silenciosa. Mientras el humo de los portales nubla el futuro, él enciende luces pequeñas. No lo hace con grandes discursos, sino con la sencillez que tienen los que aman de verdad. Su fe no es de incienso, sino de barro y cercanía. Es el hombre que camina por el barrio entendiendo que, tras el olor a abandono, hay niños que sueñan con algo distinto.
Pies pequeños caminan sobre un futuro que si nadie remedia, estaría roto. La miseria es un muro que intenta detenerlos. Por eso las manos de Juan Carlos buscan una oportunidad entre el abandono. El hambre no espera, pero el futuro reclama su lugar. Cada mirada perdida pide una salida. Sembrar esperanza es salvar el mañana. Los niños merecen luz.
Cada tarde, cuando la humedad cala los huesos, llegan voluntarios. Vienen algunas tardes, cruzando ese umbral donde el aire cambia. No juzgan el olor del barrio; simplemente se sientan a compartir vida. Nada más. En las mesas del proyecto, entre risas que rompen el silencio del abandono, se teje una red de esperanza que salva vidas.
Sus manos, llenas de sencillez, son las que borran la tristeza de las esquinas. Juan Carlos y su equipo nos enseñan que el amor es, sobre todo, resistencia y ternura. En un barrio que a veces parece rendirse al gris de los escapes, Proyecto Alfa es el color que se niega a apagarse. Porque el hambre no entiende de promesas vacías ni de cielos lejanos. Porque el frío de la calle se cuela en los bolsillos rotos de la infancia. Porque es urgente rescatar sus nombres del silencio.
Y porque Juan Carlos, ese sacerdote granadino, reescribe día a día la historia de unos niños que, entre el olor a lluvia y marihuana, descubren que el corazón de un hombre bueno puede ser el hogar más seguro del mundo.
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