La Rayuela
Lola Quero
Una ratonera ferroviaria
Los discursos morales son como el ajo, que es bueno para la salud de las personas y el sabor de los alimentos, pero su consumo excesivo puede provocar la repugnancia del prójimo. Como todo lo bueno, las moralinas y el ajo tienen su media exacta.
En política y en periodismo hay que desconfiar de los que siempre están apelando a la moral y la ética, dos palabras que no son lo mismo pero que en el habla popular se comportan como hermanas gemelas. La gran literatura satírica está llena de mofas sobre cómo el discurso moralista opera en no pocas veces como un parapeto para ocultar las carencias de “los poderosos”. Y cuando decimos “poderosos” no nos referimos a algo abstracto y fantasmal, sino a las personas que ostentan y ejercen el poder, como es el caso del presidente del Gobierno o el ministro de Transportes, ambos muy aficionados, por cierto, a discursos con moralina de regalo. Frente a ellos debe haber un periodismo riguroso, pero también afilado. Y más que nada en el columnismo, donde la subjetividad –que nunca olvidemos que forma parte de la realidad– puede jugar sus cartas. Entre otras cosas, una columna, como dice Paco Socas de los epigramas de Marcial, debe tener picardía (lascivia), atrevimiento agresivo (petulancia) y franqueza (simplicitas).
En los últimos días, y en relación con la tragedia de Adamuz, vemos un intento de embridar al periodismo con la excusa del luto y del dolor de las víctimas, que son las primeras interesadas en que el periodismo haga su trabajo. Un periodista no debe llorar –no tiene derecho–, sino hurgar en la verdad por muy dolorosa o incómoda que pueda parecer. No es el momento de acusar a nadie ni de sacar conclusiones técnicas concretas sobre el terrible siniestro, pero sí de hacer esas preguntas incómodas sobre la calidad y seguridad de la red ferroviaria española en su conjunto. Lo contrario sería incomprensible y una dejación de las obligaciones periodísticas. Porque lo cierto es que, por mucho argumentario y silencio que intente imponer el Gobierno, la degradación del sistema ferroviario español ha sido más que llamativa en los últimos tiempos y es totalmente legítimo y deseable preguntarse si esto ha tenido que ver con el accidente de Adamuz. También si las personas que están al frente del sector son las más adecuadas y si la corrupción detectada en el Ministerio de Transportes ha supuesto alguna mella en la calidad y seguridad de los trenes. Si se la hacen los maquinistas, ¿cómo no se la van a hacer los periodistas?
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