Tribuna

Laurence Seidler

Empresario hostelero del Valle de Lecrín

Cruzando la línea roja

La construcción de la línea de alta tensión en el Valle de Lecrín pondría en peligro el futuro social y económico de una zona que vive de la belleza de su paisaje, reconocido por el Sunday Times

Naranjo en el Valle de Lecrín Naranjo en el Valle de Lecrín

Naranjo en el Valle de Lecrín / G. H.

La semana pasada, mi hijo de siete años Amador, me preguntó por qué tenemos un Gobierno. Devanándome los sesos, le di la misma contestación que yo recibí de mi profesor en la Universidad de Cambridge: “Para tomar decisiones que proporcionen el mejor resultado al mayor número de personas afectadas.”

Hace unos días, el mismo niño, vio un póster que marcaba en rojo sangre la ruta por el Valle de Lecrín de la propuesta línea eléctrica más impactante de Europa. Me preguntó si la decisión del Gobierno de apoyarla haría justamente eso. Ojalá hubiera podido decirle que “sí”, pero no pude.

Esta instalación aérea formará parte de una iniciativa europea para integrar las redes de España y Francia. Esta autopista energética promete electricidad más fiable y potencialmente más económica, y como tal, si la historia terminara ahí, una buena idea.

Sin embargo, como siempre, los proyectos infraestructurales vienen con un peaje. Aparte del vertiginoso coste financiero que, a pesar de los 578 millones de euros de fondos europeos, recaerá finalmente sobre el consumidor, existen temas aún más preocupantes.

Primero: el principal objetivo real de la línea es, en un futuro, ‘intercambiar’ energía nuclear de Francia por energía renovable generada en España, para ayudar a que Francia alcance los objetivos energéticos e integrar más las economías de estos dos países. Los consumidores españoles han pagado un precio muy alto para poder contar con el 47% de nuestra electricidad generada por viento y sol. ¿Hemos pagado solamente para que ahora nos nuclearicemos?

Segundo, e incluso más inquietante: las implicaciones económicas y medioambientales para las comunidades que tendrán que sufrir el impacto físico de esta línea monstruosa. Una de esas comunidades es el Valle de Lecrín.

Enclavado entre Sierra Nevada y los bosques al sur, este ‘valle de la alegría’ es un oasis de belleza natural, de minifundios, preciosos pueblos tradicionales y un ritmo de vida sencillo y tranquilo, convirtiéndolo en un santuario geográfico que proporciona un escape muy necesario a miles de habitantes de la ciudad cada fin de semana.

No tenemos industria. No tenemos sofisticadas tiendas o restaurantes internacionales de moda. No tenemos centros comerciales, aeropuertos o puertos. No tenemos mucho. Pero lo que tenemos no tiene precio: belleza.

Es precisamente porque el Valle de Lecrín es una especie de máquina del tiempo que ha resistido con éxito a las atrocidades cometidas en nombre del progreso (que a menudo es únicamente un eufemismo para la especulación) que ha retenido este bien único y más valioso que nunca. Quita esa belleza (33 torres metálicas de 80 metros y una subestación tan grande que eclipsará el pueblo más cercano, Saleres, harán justamente eso), y nos quedamos con nada.

"El objetivo de la línea es ‘intercambiar’ energía nuclear de Francia por renovable española"

Por supuesto, las comunidades deben hacer sacrificios por el bienestar de la sociedad. Cada vez que cojo un vuelo desde el Aeropuerto de Granada, agradezco a El Jau por ser el anfitrión del mismo. Pero estos sacrificios deben ser minimizados, proporcionales y repartidos por igual.

Todos deberían aceptar su parte justa de inconvenientes de tal forma que todos se puedan beneficiar de las ventajas. Por desgracia, el Valle de Lecrín parece haber sido elegido como el mártir de las infraestructuras. En una comunidad de menos de 23.000 habitantes hemos tenido:

  • Más de 1.000 hectáreas de terreno inundado y un pueblo entero sumergido para construir el pantano de Béznar. Se benefician los terrenos más allá del valle hacia el sur, pero no nosotros
  • Nuestro valle partido en dos por una autovía principalmente utilizada por la población de Granada y los pueblos de la Costa Tropical.
  • Un gasoducto a través de nuestra tierra para proveer a Almería con ningún impacto positivo sobre el valle.
  • Más de 60 aerogeneradores construidos en las cumbres de nuestras colinas y visibles desde cada pueblo del valle, mientras que su producción va mayoritariamente a Granada capital.

¿No hemos hecho ya lo suficiente? ¿No hemos asumido ya más que nuestra parte de dolor medioambiental para que otros puedan disfrutar de la ganancia? Pedirnos ahora que sigamos hiriendo nuestro paisaje, más que golpeado y amoratado, con una megalítica línea eléctrica, es simplemente injusto.

España, como todos los países democráticos, sostiene el principio fundamental de igualdad para todos; de tratar a todos los individuos imparcialmente. ¿Qué es una comunidad, si no una colección de individuos? Pues bien, esta comunidad está siendo elegida para un sufrimiento desproporcionado y este abuso del derecho más fundamental, sobre el trato imparcial, debe parar.

No solo es totalmente irrazonable que una diminuta comunidad continúe pagando el precio del progreso tecnológico de una provincia, sino que en el caso del Valle de Lecrín, ese precio va mas allá de la pérdida del placer abstracto derivado de vivir con belleza. La economía del Valle, su habilidad de sobrevivir y mantener la población, están basados en la calidad del paisaje.

¿Por qué, cuando no tenemos ninguna de las instalaciones de la ciudad, aquí los precios de las casas son tan firmes? ¿Por qué tenemos más de 600 hogares comprados por forasteros y extranjeros, inyectando así más de 60 millones de euros en el valle?

¿Por qué vienen más de 2.000 visitantes cada fin de semana a Nigüelas con otros 2.500 viajando por preciosos pueblos tales como Melegís, Restábal y Cónchar? ¿Por qué el Sunday Times, el periódico más prestigioso de Inglaterra, ha declarado el valle como el mejor secreto guardado de Andalucía? ¿Por qué se han abierto 17 casas rurales, posadas y hoteles aquí en los últimos nueve años?

"La ejecución de la línea supondría pérdidas de 6.120 euros por habitante en el Valle"

La respuesta es obvia e innegable. La belleza de nuestro paisaje. Quita esa belleza, eclipsa el valle con las frías sombras de las torres metálicas y no solo nuestro negocio turístico sufrirá más allá de la posibilidad de arreglo, sino que también la fortaleza de nuestro mercado inmobiliario.

Tradicionalmente, el precio de la propiedad en áreas que sobreviven gracias a la belleza de su paisaje, sufren un descenso del 21% en valor cuando esa belleza se ve dañada. En el caso del Valle de Lecrín, eso sería igual a 6.120 euros por habitante o 140.760.000 euros en total. ¡Oh, pero he oído que nos van a compensar! Gracias a Dios. Quizás consigamos 15.000 euros cada uno para cubrir pérdidas y pagar por la violación de nuestro paisaje. ¡Espera! Tengo aquí los números. ¡Ah, es un poco menos. 700.000 euros por el valle entero o 30,43 euros por persona! Así que, vamos a conseguir el precio de una buena comida con un vino decente en Los Naranjos en Melegís por mantenernos callados y ver nuestro futuro desaparecer. ¡Tonto de mi!, pensé que los días en que las comunidades rurales eran engañadas habían terminado con los latifundistas. Aparentemente, no.

Así que España, si tienes que intercambiar nuestra energía renovable por nuclear como parte de algún juego geopolítico retorcido, que así sea. Pero recuerda para qué son los gobiernos. No traiciones a mi hijo Amador. Mantén la fe y no hagas que una comunidad de agricultores paguen por tus sueños de megalomanía industrial. Haz lo que Alemania y Holanda hacen. Soterra la línea. Y si no puedes hacerlo porque todavía no has reconocido que la belleza no es una simplemente diversión, encuentra otro lugar, cuya economía y sentido de autoestima no estén basados en su paisaje natural, y así que pague un precio mucho más barato.

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