Huétor Tájar: un después que sigue siendo muy antes
La localidad recibe la visita del presidente del Gobierno con todavía mucho trabajo de limpieza por hacer
Pedro Sánchez, en Huétor Tájar: "Vamos a trabajar en la reconstrucción y el relanzamiento de Granada
En Huétor Tájar no hay día después de la borrasca. Y si lo hay, se parece mucho a un antes. En el juego de los siete errores, de una foto a otra en la localidad panciverde se pueden poner pocas cruces en rojo marcando diferencias. Al menos ya no hay montones de muebles y garajes anegados, pero sí un barro hasta pegajoso. Quizás haya que ver qué queda bajo las aguas, aun crecidas, del Genil. Y de los campos, tanto los más próximos al río y a los arroyos, como los más alejados. Porque la lámina de agua fue mucho más allá de un kilómetro. Dos o tres. Los campos frente a Venta Nueva eran embalses hasta hace algunos días. Ahora son lagunas divididas por lenguas de fango. Bajo ese barro los agricultores confían en que hayan aguantado las cepas del espárrago. El agua se ha ido retirando. Ahora queda un fango que evoca a la bajamar en una ría gallega.
Esta es la Huétor Tájar que ha visto el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Desde la distancia, eso sí. Quedará registrado que el máximo dirigente estuvo en el término municipal. Técnicamente estuvo en el casco urbano, porque el tramo de la GR-4400 que lleva a la localidad tiene aceras, carril bici, y tiene asientos para el paseo de los panciverdes. Pero lo que se conoce como estar en el pueblo, y con el pueblo, poco. Tampoco le hubiera recibido con los brazos abiertos. En la distancia, a unos 200 metros, un millar de vecinos, muchos levantando escobas, se agolpaba. Se oían algunas voces, y sobre todo algún insulto, que destacaba por la intensidad con la que se suelen proferir. Si se escuchaba algo era el helicóptero de la Guardia Civil y el graznido de los patos del Genil, aún despistados ante la cantidad de agua por la que navegar.
El silencio sí reinaba en la calle Félix Rodríguez de la Fuente, solo amortiguado en la distancia por un grupo de voluntarios que, ayudados por un bidón cisterna, se afanaba en limpiar el garaje de Carmele. Porque la mayoría de bajos ha podido ya desaguar todo lo inundado. Lo que queda es la limpieza. El viernes pasado, esta misma calle seguía siendo el escenario de una pesadilla. En las puertas de las casas había montañas de enseres ya inservibles tras haber quedado sumergidos. Había barro, mangueras para evacuar agua, y un hormigueo constante de personas de una casa a otra ayudando. De la riada solo quedan como testigos las marcas que dejó el agua en los sótanos.
Nuria sale de su casa con sus crocs rosadas hacia la de Rosario. Acaba de hacer dos litros de natillas y viene a dejarles tres postres. Está ayudando lo que puede puesto que su casa se salvó de problemas mayores. “Cuando vino el aluvión llegó mi marido y mi cuñado y lo tuvieron claro, pusieron mezcla y unos ladrillos y solo entró agua hasta de debajo de las rodillas”, recuerda. Como si fuera poco. Un montón de barro frente a la puerta del sótano “por si acaso” es la única ‘suciedad’ que queda.
Rosario hija la recibe. Llegó desde Madrid, donde trabaja, con el susto en el cuerpo. Sus padres le contaron poco para no asustarla, cuenta. “Lo que sé me lo contaron los vecinos”, añade. Porque da miedo. La parte casa donde el viernes extraían agua a cubazos es donde Rosario y Tomás hacían vida cuando empezaron a ver que esta se inundaba. “Lo han perdido todo. Mi madre con tres gotas que ve caer ya está llorando”, añade. Algunos recuerdos se han perdido para siempre. La foto de aquella calle era un frigorífico vacío, con la puerta al albur del viento, y sujeta con una imagen, una foto de su hermano mayor cuando era pequeño. Le pide el mail al fotógrafo que la hizo. Les quedará esa imagen ya para siempre.
En aquella foto una decena de voluntarios, sobre todo vecinos, ayudaban a esta familia a salvar lo que quedara. “Estamos comiendo a base de lo que nos traen”, cuenta Rosario hija. Nuria, a su lado, se emociona: “Estoy sorprendida por la manera de ayudar que ha tenido la gente. No me lo esperaba. Me ha dejado tocada ver a tanta gente echando una mano a pesar del susto”.
Así, Huetór Tájar sigue limpiando. Porque queda. Como el humor. “Me acuerdo de tu madre diciéndome que tenía más miedo de lo que había que limpiar que por todo lo demás”, bromeaba Rosario. Al fondo, un tractor con una cisterna enganchada hace su segundo viaje en apenas media hora a una acequia. “Llevo todo el día sacando agua de un campo y la venimos echando aquí porque esta al menos traga”, cuenta el conductor, que dice no ver el final de todo lo que hay que achicar aún en los campos. Mientras tanto, el Pepillo, con su bar, uno de los pocos abiertos, atiende a quien quiere darse un descanso. Lo necesitan los hueteños. Hasta el alcalde.
También te puede interesar
Lo último
El parqué
Jornada de corrección
Rosa de los vientos
Pilar Bensusan
¿Tiempos raros?
EDITORIAL
Un fracaso en primera persona
La ciudad y los días
Carlos Colón
Malos tiempos para la moderación