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José Martínez Olmos
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Mujer y Salud
Hace unos días me mandó un compañero, a quien se lo agradezco desde aquí, un interesante artículo y unas reflexiones que la verdad me encantaron especialmente por ser positivas algo tan necesario hoy en día que vamos cabizbajos sólo escuchando desastres y malas noticias.
Afirma Valentín Fuster que la felicidad es una conducta que se construye - no puedo estar más de acuerdo - y para ello propone cuatro claves que orientan la relación con el mundo y sostienen el bienestar que denomina las cuatro A: la actitud, la aceptación, la autenticidad y el altruismo. Las considera el núcleo de una vida equilibrada y afirma que “Las personas felices están más sanas”, convencido además de que el bienestar surge cuando la conducta se alinea con un propósito.
Hablar de felicidad en salud puede parecer, a primera vista, un ejercicio abstracto o incluso frívolo. Sin embargo, la felicidad —o, en términos científicos, el bienestar subjetivo— se ha consolidado como un indicador clave en investigación en salud pública, psicología y epidemiología social. No solo porque se asocia a mejor salud física y mental, sino porque revela cómo las personasviven y evalúan sus condiciones de vida.
Desde un punto de vista científico, existe un concepto global de felicidad, definido como la valoración que una persona hace de su vida en conjunto, integrando satisfacción vital y balance entre emociones positivas y negativas. Esta definición, ampliamente validada, permite comparar poblaciones y analizar tendencias sociales sin reducir la felicidad a un estado emocional pasajero.
No obstante, asumir que esta felicidad “global” se experimenta de la misma manera en todas las personas es un error frecuente. El género introduce diferencias relevantes, no tanto en los niveles declarados de felicidad, sino en los factores que la condicionan y en cómo se percibe.
La evidencia disponible muestra que no hay una diferencia universal y consistente en la felicidad global entre mujeres y hombres. Los grandes estudios poblacionales no permiten afirmar que un género sea, en términos generales, más feliz que el otro. Las diferencias observadas varían según el contexto social, económico y cultural, y suelen desaparecer cuando se ajusta por variables como salud, ingresos, empleo o apoyo social. Las personas viven más y son más felices en países caracterizados por la prosperidad económica, la libertad y la justicia. En conjunto, estas tres cualidades sociales explican el 66 % de la varianza transnacional en los años de vida feliz.
Este dato es clave desde una perspectiva sanitaria: el género, por sí solo, no determina la felicidad. Lo que sí la determina son las condiciones en las que se vive.
Las investigaciones muestran que mujeres y hombres tienden a construir su bienestar a partir de dominios distintos de la vida. De forma general, los hombres suelen vincular más su satisfacción vital al trabajo, el reconocimiento social y la autonomía, mientras que las mujeres otorgan mayor peso a la calidad de las relaciones, el cuidado y el sentido vital. Estas diferencias no son innatas, sino el reflejo de una socialización de género persistente.
Desde la salud, este punto es fundamental. Las mujeres, pese a presentar a menudo mejores redes sociales y mayor satisfacción relacional, muestran una mayor prevalencia de malestar emocional, ansiedad y depresión. No es una paradoja individual, sino una consecuencia de una mayor carga de cuidados, mayor exposición a estrés crónico y desigualdades estructurales que impactan directamente en la salud mental.
Además, las mujeres tienden a expresar y registrar con mayor intensidad tanto emociones positivas como negativas. Esto influye en cómo responden a encuestas de felicidad, pero también en cómo consultan al sistema sanitario y en cómo se medicaliza su malestar.
La felicidad no es un rasgo psicológico aislado. Está profundamente influida por los determinantes sociales de la salud: estabilidad económica, condiciones laborales, conciliación, violencia, discriminación o acceso a recursos. Cuando estas condiciones empeoran, el bienestar subjetivo disminuye, especialmente en los grupos más expuestos a desigualdad de género.
Los países con mayores niveles de igualdad muestran no solo mayores niveles de felicidad media, sino también menores diferencias de género en bienestar y salud mental. Este dato refuerza una idea esencial: la felicidad no puede abordarse solo desde el individuo, sino desde las políticas y estructuras sociales.
Existe un concepto global de felicidad útil y medible, pero no existe una única forma de vivirla. Las diferencias de género en felicidad no se explican por características personales, sino por contextos, roles y desigualdades que impactan directamente en la salud. Incorporar esta mirada permite evitar la psicologización del malestar y avanzar hacia una comprensión más justa y más saludable del bienestar humano.
Lo que siempre digo, la felicidad son momentos, pero la actitud de estar bien se alimenta día a día con optimismo e ilusión por mejorar como persona y ayudar a los demás en la medida de las posibilidades de cada uno. Desde ahí, es más fácil sentirte feliz más veces y por pequeñas cosas, y desde luego así la vida se hace mucho más bonita.
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