La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Un comedor aparte

Qué cruz de sociatas aburguesados estos que sólo se juntan para exprimir la teta del erario público

Los padres de alumnos del Colegio Gómez Moreno están en pie de guerra. Y no es para menos. Les han tocado lo más sagrado, es decir, la comida de sus hijos, su comedor escolar gestionado con brillantez por la asociación de padres, con menús y mercadillo de comida ecológica que no hay más que probarlo para darte cuenta de la diferencia que media entre los padres que se implican en educar a sus hijos y los que aparcan a sus niños en el cole para que los engorden, los idioticen y los desbraven pronto.

No, no hablo de oídas. Probé aquellos menús en los años preciosos que tuve a mi hija estudiando en este centro condecorado por la ciudad como un ejemplo de colaboración entre lo privado y lo público, entre culturas y lenguas distintas, entre religiones, un centro pionero también, claro, por su flamante comedor tan cuidado casi como la biblioteca pública de al lado del cole, allí arriba por el mirador de San Nicolás, con el Centro de Salud justo enfrente.

Todo ejemplar y, tal vez por ello, digno de ser derribado por esta Junta 'burrócrata' que, si ve que algo se hace bien, entonces es cuando interviene para destrozar las cosas. Qué cruz de sociatas aburguesados estos que sólo se juntan para exprimir la teta del erario público.

Los tecnicismos han posibilitado a la Junta meter un catering inocuo y nada respondón para sustituir a un servicio que funcionaba tan bien pero más a su bola. Vamos viendo que nada hay más implacable que esas maquinarias anónimas de gente insensible sumisa y adicta a cobrar su nómina.

Los padres del Gómez van (vamos) a dar la batalla. Vaya que si. Los antiguos con los de ahora. Por solidaridad y por principio. No todo va a ser llenarles a los niños las panzas con fritanga o comida recalentada.

Mientras la marea de la especulación y la turistización salvaje sigue ascendiendo Albaicín arriba, instituciones tan tutelares del bien común devalúan un servicio a todas luces brillante con el único criterio de la rentabilidad para quitarse de encima a los padres molestos de ese siempre aguerrido tejido humano albaicinero.

La falta de creatividad y de búsqueda de salidas es ya constante entre los servidores de lo público. También de sensibilidad y de olvido de un barrio que necesita, ahora más que nunca, que se cuide a su verdadero tesoro, su tejido humano.

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