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No me basta con ser de donde soy. Algo parecido le pasa a muchos otros. Sé que nací en Sevilla, como mi madre. Sé que mi padre nació en una aldea zamorana, casi portuguesa. Estarán hartos de habérmelo leído, pero es lo que hay: es una de mis obsesiones. Sé también que mis abuelos maternos son de la provincia de Sevilla, y que mis abuelos paternos lo son de la de Zamora.
Lo que no sé es mucho más de lo que sé, como es normal. Si me tiro al agua del tiempo, apenas sumergido ya no veo nada, como si el tiempo fuera un cenote, quieto y profundo, lleno de árboles hundidos y una oscuridad negrísima y apenas hendida por la luz, así que soy libre de fantasear con orígenes imprecisos, imprevistos y fantásticos.
Por ejemplo, véase el retrato del general Castaños, héroe y duque de Bailén, pintado por Madrazo, del que el Museo del Prado guarda una copia realizada por José María Galván. Esas cejas gruesas que descansan en las comisuras de los ojos, esa mirada algo triste, esa nariz prominente, me recuerdan a las facciones de mi tío Jesús, el hermano de mi padre. ¿Tal vez este militar madrileño, del que me separan muchos años y la letra ese, tenga algo que ver conmigo?
O véanse también, lejos de aquí, los retratos mortuorios, de asombroso realismo, que ilustran las tumbas de la región de El Fayum, datados en los años de dominación romana en Egipto. Son de nuevo los ojos y las cejas las pruebas de una genealogía imaginaria, según la cual mi madre procede quizás de las riberas del Nilo, porque son sus ojos y sus cejas los que encuentro en muchos de esos rostros pintados, igual que me encuentro a mí mismo, en mis veintitantos, en algunos de esos muertos tan vivos, con la barba y el pelo rizados. ¿Quizás por eso los iraníes, hermanos lejanos de Cambises, me parecen los hombres y mujeres más bellos del mundo?
¿O acaso corre por mis venas sangre eslava? Quizás por eso, como a tantos otros, haya algo en las grandes novelas de Tolstói y Dostoievski que me remueva, y guarde como un tesoro escenas en las que intuyo que se cifra el secreto de una vida plena: las reflexiones finales de Levin; la epifanía de Andrei, tumbado en los prados de Austerlitz; Aliosha Karamazov, demasiado bueno, rodeado de niños y de dolor, rebosante de esperanza por la resurrección de los muertos.
Si me sacara el corazón del pecho, no sabría reconocerlo.
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