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Bienvenidos al fascinante renacimiento del siglo XX, ese parque temático del horror que creíamos haber clausurado y que hoy parece reabrir sus puertas. El racismo 2.0 ya no solo se mide en la pureza de la sangre, sino en el saldo de la cuenta corriente. La xenofobia institucional ha dejado de esconderse tras eufemismos de “seguridad nacional” para mostrarse como lo que siempre fue: un desprecio absoluto por la dignidad humana.
La punta de lanza, cómo no, sigue siendo ese “faro de libertad” llamado Estados Unidos, donde el odio se ha convertido en el combustible más barato para ganar elecciones. Pero el virus ha mutado y está encontrando en Europa un laboratorio de una sofisticación aterradora. El caso de Suecia es, simplemente, una obra maestra de la crueldad burocrática y puede dar lamentables ideas a algunos políticos hispánicos. El país que una vez fue el estandarte de la socialdemocracia, ha decidido que la decencia tiene un precio exacto: 3.500 euros mensuales. La iniciativa sueca –ese peaje vergonzoso que el Gobierno ha pagado a la ultraderecha para mantener el sillón– es de un cinismo que roza lo sublime. Si no ganas lo suficiente, te vas. No importa si limpias los hospitales que los rubios arios prefieren no pisar, ni si cuidas a sus ancianos con una paciencia de santo por un salario de miseria. Si no alcanzas la cifra mágica, pasas de ser un “valioso residente” a ser un “residuo demográfico”. Es la meritocracia aplicada a la expulsión: solo eres humano si eres rentable. Si eres pobre, tu existencia es un error administrativo. Esta ola de derechas y ultraderechas que asola el globo –desde los que ya gobiernan hasta los que afilan los cuchillos en la oposición– ha descubierto que el miedo al “otro” es el pegamento más eficaz para una sociedad rota. El racismo institucional ya no necesita capuchas blancas; ahora viste traje de Armani y redacta decretos. Se trata de una purga selectiva donde el color de la piel importa, claro, pero donde la cartera es el pasaporte definitivo. Lo irónico es que estos mismos arquitectos del odio, que ahora exigen nóminas de ejecutivo a quienes vienen a hacer el trabajo sucio, son quienes desmantelan lo público y precarizan la vida. Es el círculo perfecto de la infamia: te obligo a trabajar por migajas y luego te expulso por no tener el pan entero. Suecia solo es el espejo donde pronto nos miraremos en el sur, porque para algunos la libertad es un artículo de lujo que solo se permite quien tiene el visto bueno del banco.
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