La sociedad sin evidencias

Para que ocurra la magia se necesita a un mago y a un público

Ni Fleming, ni moho: la revolución empezó en una fábrica

La evidencia es la base de la ciencia. / C. A.
María del Mar López Fernández
- Profesora de la Universidad de Sevilla

10 de febrero 2026 - 04:59

El astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo, escritor y principalmente reconocido como divulgador científico, Carl Sagan (1934-1996), en su libro El mundo y sus demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad (1995), destina un capítulo a aseverar la existencia de un dragón en su garaje, que escupe fuego por la boca. Podría surgirle la idea de bajar al garaje para verlo, ¿verdad?, pero es invisible. A lo mejor se le ha ocurrido tratar de conseguir alguna huella, sin embargo, flota en el aire. Detectar la temperatura puede ser buena idea, pero el fuego invisible no emite calor. Otra opción sería pintarlo con aerosol, pero es incorpóreo y la pintura no se le pegaría. Y así, sucesivamente, cada vez que proponga cualquier idea para obtener una prueba de ello.

El número de personas que afirman una idea sin pruebas, a pesar de que sean independientes y ni si quiera se conozcan entre ellas, tampoco es indicativo de que sea cierta. En palabras de Sagan, imagine que varias personas afirman tener un dragón en sus garajes, eso tampoco implicaría que fuera inequívoco. La verdad no se decide por votación, sino por evidencia. Que haya pruebas que puedan corresponder con nuestra hipótesis y con otros fenómenos, tampoco garantizan certeza absoluta. Es decir, un incendio en un garaje podría deberse al dragón, pero también a un fallo eléctrico.

Otra analogía relacionada es la conocida como la tetera de Russell. Fue propuesta por el matemático y filósofo Bertrand Russell (1872-1970). El autor sugiere que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana orbitando alrededor del Sol. Es una tetera, por lo que es demasiado pequeña para ser detectada, incluso por los telescopios más potentes. Por ello, nadie podría refutar esta idea. Estaré de acuerdo con usted en que, la incapacidad para invalidar una hipótesis no significa que ya por ello tenga que ser falsa, pero tampoco tiene por qué ser cierta. Tal vez, dentro de un tiempo, puedan obtenerse pruebas que nos permitan aceptar o rechazar la hipótesis de partida, pero por ahora simplemente podremos decir que aún está sin demostrar. Podría darse el caso de que algunos afirmen tener pruebas de la tetera orbitando alrededor del Sol, o incluso las muestren, pero si estas no son comprobables ni pueden ser verificadas de manera independiente, tampoco son garantía de veracidad. Tomando de ejemplo un tema más sensible, todos veríamos claro que, si un investigador afirma haber encontrado la cura para cualquier tipo de cáncer, pero no publica los datos para que otros reproduzcan los experimentos, su afirmación no es fiable. Si alguien publicara haber fabricado una máquina del tiempo, pero no la muestra ni deja que nadie la use, su afirmación carece de validez. O si alguien asevera poseer fósiles de una nueva especie descubierta, pero cuando se intentan estudiar resultan ser un fraude, su afirmación tampoco es verdad.

Para que ocurra la magia se necesita a un mago y a un público, siendo un acuerdo tácito, donde, a pesar de que los espectadores saben que lo que están viendo es una ilusión, aceptan jugar el juego, sorprenderse y maravillarse. La ciencia, sin embargo, es confiable porque es empírica, se basa en evidencias obtenidas por observación y experiencia; es refutable, puede ponerse a prueba; es objetiva, evitando sesgos personales y siendo neutral; y es reproducible, pues bajo las mismas condiciones, pueden obtenerse resultados similares.

Cuando la narrativa carece de datos, las personas necesitamos explicaciones. Este vacío es terreno fértil para historias simples, emotivas o conspirativas que rellenan la incertidumbre. La falta de evidencias científicas abre la puerta a un discurso apoyado en sentimientos y creencias fácilmente manipulables, llegando a contradecir hechos comprobados. “Expertos” sin credenciales verificables o fuera de su área de conocimiento que hablan sobre ideas sin evidencias, pero similares a nuestras propias creencias, solo refuerzan aún más nuestra opinión de partida, aunque sea errónea. Esto es especialmente peligroso en temas como la salud, la tecnología o el medioambiente, con consecuencias graves.

Estas prácticas, junto con las redes sociales, son un caldo de cultivo: se generan historias basadas exclusivamente en convicciones que distorsionan deliberadamente la realidad, las cuales se difunden rápidamente con la finalidad de influir en la opinión pública o en nuestro comportamiento. Esto tiene consecuencias como la pérdida del debate racional, el deterioro de la confianza en los medios de comunicación y la ciencia, o la polarización de la sociedad.

La educación presenta un papel relevante en una sociedad donde los mensajes carentes de evidencias se difunden con facilidad. Es la principal herramienta para formar una ciudadanía con pensamiento crítico, capaz de distinguir hechos de opiniones, evaluar, cuestionar y contrastar la información que consume, pero también de crear argumentos sólidos, basados en pruebas, para desarrollar una opinión propia e independiente, sin replicar ideas sin reflexión previa, y tomar decisiones racionales. La alfabetización científica es la clave para desarrollar una sociedad crítica, informada y menos manipulable.

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