Crítica de Cine

Falsa nostalgia de la utopía

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película.

Mucho ha llovido desde aquellos días de gloria efímera del Dogma 95 que pusieron a Dinamarca en el mapa de la cinefilia posmoderna, mucho y no necesariamente bueno para el cine de aquel país, instalado hoy en una suerte de medianía de productos dramáticos de autoconsumo que, ya sin la coartada de decálogos restrictivos, parece haberse lanzado a la conquista de una anodina uniformidad a la europea. Mucho ha llovido entre Los idiotas y La Comuna, dos películas que, en su acercamiento a las utopías de la convivencia libertaria, ponen de manifiesto las muchas renuncias que ese cine danés ha hecho en el camino, y no sólo las de las formas desaliñadas y reflexivas. Y es que entre el filme de Von Trier y el de Vinterberg, que apostó pronto por la qualité de autor transnacional (It's all about love, Lejos del mundanal ruido) después de sacarse el diploma (Celebración), media no sólo una claudicación del espíritu provocador y político de aquellos movimientos revolucionarios de los 70, sino que irrumpe de manera sintomática todo un aparato de (falsa) nostalgia que el director de La caza sólo sabe filmar a través de las pelucas, los pantalones de campana y la fotografía descolorida que tiene más que ver con una recreación de época en clave de telefilme dramático (no sé quién dijo que era una comedia) que como regreso medianamente riguroso a un tiempo, ideales y conflictos que rozan aquí la mera caricatura.

Por si la operación retro no fuera ya lo suficientemente superficial y esclerótica, La comuna no termina nunca de definir a sus personajes ni su foco de conflicto entre las dinámicas de convivencia del grupo y los pequeños problemas burgueses y sentimentales de una pareja que se rompe por la aparición de otra segunda mujer al tiempo en que la hija adolescente descubre los placeres carnales de la vida. Y a la vista de los detonantes de la depresión y la catarsis, se diría que el principal interés de Vinterberg no era otro que el de disponer a su grupo en un muelle para darse un baño en pelotas o lanzar las cenizas de su fracaso al viento del Mar del Norte.

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