Glass (Cristal) | Crítica Shyamalan ante el espejo del héroe

Va uno viendo Glass y la cosa no termina de despegar hacia el gran espectáculo. Va apuntándose incluso el lugar del duelo final, en la cima del edificio más alto de Philadelphia, pero no llega. La tercera entrega de la trilogía del (super)héroe de Shyamalan sólo puede engañar a aquellos que le hayan perdido mucho la pista o no sepan que el director de El sexto sentido, Señales o La joven del agua no quiere ya salir a la calle y montar ruido, que lo suyo, como siempre lo fue en el fondo, se despacha en un pequeño y económico formato de cámara para el que bastan tres personajes, otros tantos decorados y, claro, ese infalible dominio del tempo, siempre mucho más reposado de lo que los espectadores millennials puedan tolerar, y la puesta en escena, que nos regala aquí momentos de condensación realmente sublimes.

Lejos de ser una película de superhéroes, Glass es una película sobre el Superhéroe, a saber, una metaficción conceptual, por momentos obvia y explícita (los parlamentos de Mr. Glass, precisamente), que deconstruye y reflexiona ante nuestros ojos sobre toda una larga tradición pop norteamericana que sitúa en el epicentro de los relatos de evasión y justicia a unas figuras míticas tan ensalzadas hoy por el comercio masivo como banalizadas (tal vez por el mismo motivo) por sus detractores, esos que, como yo mismo, han pensado o piensan que su superabundancia franquiciada ha contribuido a una paulatina infantilización del consumidor cultural.

Pues bien, Shyamalan se resiste a esa lectura agorera pero también lo hace a ofrecer los mismos espectáculos de Marvel y compañía: los suyos son (super)héroes autoconscientes, metafísicos, sufrientes y dubitativos, puestos ante el espejo y al vacío de su ámbito natural de acción entre los muros de un centro psiquiátrico que funciona como laboratorio, diván clínico, quirófano y fábrica de ideas para una nueva salida al mundo y una regeneración reivindicativa y poderosa contra el escepticismo.

Y allí transcurre buena parte de Glass, que reúne de a los protagonistas de El protegido y Múltiple, que ya son bastantes (McAvoy dándolo todo), para trazar con ellos una sofisticada y antiépica escalada de ideas sobre el sentido de la heroicidad y la villanía, sobre la normalidad y la excepcionalidad, sobre los mecanismos internos del género y la inevitable necesidad de un reseteado que Shyamalan despliega desdoblando tiempos y espacios, repartiendo juego entre ellos y sus colaboradores necesarios, demiurgo siempre de una estructura floreciente que, como de costumbre, avanza pistas y señuelos en su particular juego de anticipaciones que cimientan esa fuerte sensación de destino (trágico) que preside siempre sus películas.

Y Glass trabaja y funciona también entre los polos de la quietud (Samuel L. Jackson, Bruce Willis) y el exceso (James McAvoy), entre lo mental y lo físico, entre la palabra y el gesto, en una demostración más del talento de su director a la hora de hacer expresivos unos elementos mínimos, sacados de una mirada y una manera de contar antiguas que no tienen hoy por hoy demasiados practicantes en Hollywood y alrededores.