Invisibles | Crítica Mujeres a los 50, en el parque

Adriana Ozores, Nathalie Poza y Emma Suárez en 'Invisibles'. Adriana Ozores, Nathalie Poza y Emma Suárez en 'Invisibles'.

Adriana Ozores, Nathalie Poza y Emma Suárez en 'Invisibles'.

El noveno filme de Gracia Querejeta (Cuando vuelvas a mi lado, Héctor, Siete mesas de billar francés, 15 años y un día, Ola de crímenes) llega justo a tiempo del 8-M para reivindicar a todas esas mujeres en la cincuentena supuestamente invisibles para la vida y el cine. Bueno, a todas no, si acaso a esas mujeres de clase media, profesiones liberales y vidas más o menos acomodadas que aún tienen tiempo de pasear por el parque un día a la semana, mujeres cuyos prototipos más o menos reconocibles (entre el público que aún va al cine) se encuentran repartidos entre las tres amigas que interpretan Emma Suárez, Adriana Ozores y Nathalie Poza, actrices con Goya y sobradas prestaciones para esta función en movimiento sobre las crisis e inseguridades de la edad, la hora de las verdades y reproches a la cara o los autoengaños cotidianos.

Estructurada a lo largo de sus rutinarios encuentros de cada jueves de la semana primaveral, y con una modulación de la palabra que va de más a menos en la presentación y desarrollo de las tramas y los temas, Invisibles traza los tres perfiles opuestos y complementarios de la mujer insegura, la mujer frustrada y la mujer aparentemente fuerte aunque mentirosa para ponerlas a dialogar casi sin respiración sobre sus asuntos sentimentales, problemas laborales, cobardías y dudas que se parecen más al cliché pequeño-burgués de lo que el supuesto naturalismo de los diálogos, las interpretaciones y la puesta en escena intentan hacernos creer a toda costa.

Querejeta y sus cómplices no terminan de despejar la sensación de estar filmando e interpretando un texto dramático demasiado escrito, medido y calculado sobre las numerosas reivindicaciones (y algunas contradicciones) feministas en el que se echa de menos una mayor torpeza, cierto atropello y autenticidad que no hagan de cada frase, cada diálogo o cada réplica una suerte de tratado (sensible) sobre lo que, en teoría y a priori, significa ser mujer con más de cincuenta años en la España de hoy.