LA CARTUJA DE PARMA | Crítica

El síndrome de Fabrizio

  • Ve la luz por primera vez en español la hermosa novela de Stendhal. 'La cartuja Parma' en la traducción que realizó el poeta Manuel Machado durante sus años parisinos

El escritor francés Henry Beyle (Grenoble, 1783-París, 1842), más conocido como Stendhal. El escritor francés Henry Beyle (Grenoble, 1783-París, 1842), más conocido como Stendhal.

El escritor francés Henry Beyle (Grenoble, 1783-París, 1842), más conocido como Stendhal.

Se ha dicho que La cartuja de Parma es la más bella novela del mundo. A Italo Calvino le pareció que esta obra de Stendhal era el más hermoso canto dedicado a la evanescencia, a la melancolía en la que se diluye el tiempo histórico dado. Pero su pormenor, su menudeo, se muestra aquí, no obstante, con el brío de un folletín.

Hay muchos lectores que asocian las novelas de Stendhal a las estaciones de la vida: no hay una sola cartuja, sino varias. No es lo mismo leer las andanzas del joven Fabrizio del Dongo en la primera mocedad que hacerlo a edades otoñales. Igual que no es lo mismo pasar sus páginas bajo el crepitar de los leños en una clásica tarde de invierno que hacerlo bajo la sanguina del verano. Balzac, gran encomiasta de Stendhal, dijo que esta obra sólo pudo haberla escrito un hombre con 50 años. Tal vez debiéramos leerla otra vez cuando, pese a todas nuestras fallas, cumplimos el medio siglo.

La novedad de esta edición es que el sello Renacimiento publica por vez primera la traducción que Manuel Machado hizo de la novela para la editorial francesa Garnier. Aquel Manuel mundano vivía a inicios del XX, como muchos otros de la cuerda, en el París de la llamada golfemia. El poeta sevillano traducía para sacarse sus cuartos. De ahí la revuelta de este clásico, acostumbrados como estábamos a las traducciones de Consuelo Berges.

Como es archisabido, Stendhal (Grenoble, 1783-París, 1842) era el seudónimo de Henry Beyle. Pero era sólo uno de entre los centenares de seudónimos que utilizó (el de Stendhal remitía a cierto lugar de la vieja Prusia). La máscara, la veladura, la sombra entre candilejas es esencial para comprender la obra del autor. En La cartuja de Parma, como en La vida de Henri Brulard y en Rojo y negro, se entrevera la ficción con las propias vivencias de Stendhal (viajes, salones, labores diplomáticas, atinos y desatinos en el amor). Nadie hasta entonces se había expuesto tanto a través de la literatura.

Tras las guerras napoleónicas, cuyos cañonazos estremecieron a Europa, el escritor se convertirá en cónsul de Francia en Italia durante varios años (en su amado Milán sobre todo). Siempre sentirá admiración por Napoleón Bonaparte. Stendhal detestó el aburrimiento. En el fresco político del XIX ya maduro, el tedio remitía a los arreglos del Congreso de Viena, que repuso el absolutismo y el ahogo de cualquier conato revolucionario en las grandes naciones del continente.

Stendhal, venido ya de vuelta, se remitía a un tiempo escindido del tiempo mismo, en atención a sus mejores años italianos. Escribió la novela de una tacada en París, en 1839, en apenas un mes y pico, encerrado en un piso de la rue Caumertin. La obra se publicó sin repercusión alguna. En 1841 morirá en la capital francesa de un infarto cerebral. Nada que ver con aquella otra apoplejía estética que sintió al salir de la Santa Croce de Florencia, lo que se conocería como el famoso síndrome de Stendhal.

La novela adopta la forma de un folletín galante que discurre entre lo real y su disipación fantasiosa

Al inicio de La cartuja de Parma leemos que el joven Fabrizio, perteneciente a una linajuda familia lombarda, se enrola en el ejército que Napoleón reúne en Waterloo tras su primer destierro en Santa Elena. En el fragor de la artillería, mientras las balas pasan sibilantes junto a su cabeza, Fabrizio ignora en qué berenjenal se halla inmerso y si en verdad está combatiendo en una batalla de tronío. Ni siquiera reconoce a Napoleón cuando el gran Corso pasa a pocos metros de él al trote, procurándose la retirada.

El resto de la novela transcurre en la Italia nobiliaria del XIX, cuando Austria se adueña de sus ducados e interviene en sus caprichosas cortes locales. En realidad, como se ha escrito más de una vez, la ciudad de Parma obedece a Milán, en donde Stendhal reconoció que había disfrutado de sus más felices años. La corte parmesana es, pues, una suerte de invención. Al autor le importaba no la realidad, sino la otra verdad, la depuración estética que emanaba de esa misma realidad.

Quien más quien menos recordará para siempre a la duquesa Sanseverina. A sus 36 años anda encandilada por su sobrino Fabrizio. A la par, quien más quien menos también seguirá teniendo a su favorito en el Conde Mosca, hábil ministro del retorcido Eugenio IV. El conde no puede competir con Fabrizio, ejemplo de erótica inocencia y pulsión juvenil. Lo dicho, un folletín galante que discurre entre lo real y su disipación fantasiosa.

Por último, añadiremos que hay otra gran novela que, como La cartuja de Parma, refleja aun de modo bien distinto el poso que las guerras napoleónicas dejaron en las mentalidades de aquel tiempo. Crónica de Travnik, de Ivo Andric, es una epopeya grave sobre cierta idea de frontera. De modo alternativo al mundo cortesano de Stendhal, Andric refleja prodigiosamente cómo incide el paisaje balcánico sobre las conciencias de dos cónsules rivales, uno francés y otro austriaco. Léanla también por mero disfrute.

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