Orquesta de París | Crítica Titánico Eschenbach

  • La emocionante versión de Stéphanie d'Oustrac de 'La muerte de Cleopatra' quedará en el mejor recuerdo del Festival

Eschenbach dirigió anoche a la Orquesta de París. Eschenbach dirigió anoche a la Orquesta de París.

Eschenbach dirigió anoche a la Orquesta de París. / Álex Cámara

En el limitado recuerdo al 150 aniversario de la muerte de Hector Berlioz destaca la aportación de Eschenbach, con la Orquesta de París y la mezzosoprano Stéphanie d’Oustrac con la bellísima y dramática cantata La muerte de Cleopatra, escrita en 1829, de las cuatro creadas por el compositor galo para el Premio de Roma, que no obtuvo porque era demasiado atrevida para el conservador jurado. Obra, como decía en el análisis inicial de esta edición, predilecta de las grandes intérpretes, por sus enormes posibilidades expresivas. Sus cuatro momentos están llenos de contrastes y emociones, poniendo a prueba el diálogo entre orquesta y solista. La fuerza que está en temas e instantes la utilizó en su ópera Los troyanos. Pero el oyente queda atrapado por ese caudal sonoro, con una angustia realista que la orquesta expone en el allegro vivace con ímpetu y que culmina en el allegro agitado del final faraónico, para meditar y enternecerse, en el Lento cantábile y en la Meditación, en los que algunos críticos han llamado una escena de muerte de 'carne y hueso'.

Pero para dar vida a esos momentos hace falta una voz dramática, de excepcional belleza, claridad, fuerza y matices que expuso en el Palacio la mezzosoprano Stéphanie d'Oustrac. ¡Qué calidad de su poderosa voz, capaz de llegar a los agudos y los fortísimos de un grito interior, sin perder la extraordinaria calidez reflejada en sus doloridos pianísimos, en una verdadera escenificación de sentimiento y comunicación de lo que está sintiendo! El público, con una voz tan limpia, rotunda y cálida siente el dolor y hasta los pálpitos de la muerte que la orquesta refrenda en cada instante, hasta escuchar el latido de un corazón que se va apagando. Magistral interpretación de una voz excepcional que quedará en la historia de los 'momentos estelares' del Festival, en el escueto espacio reservado a la música del compositor galo, en el 150 aniversario de su muerte.

Antes, los recursos de la Orquesta de París, moldeados por la batuta del gran maestro Christoph Eschenbach abordaron la colorista Obertura de El carnaval romano, extraída de su fracasada ópera Benvenuto Cellini. Berlioz, no me cansaré de repetirlo, hubiese merecido un más amplio espacio en el programa del Festival.

En los mermados sólo dos conciertos sinfónicos, el último sube los peldaños de lo mejor de esta limitada edición

Eschenbach, en la segunda parte, nos deslumbró, una vez más con Mahler –el crítico recuerda la monumental versión que nos ofreció de la Segunda Sinfonía, coral, en la 60 edición del certamen-, con su Primera sinfonía, en re mayor, Titán, la obra que descubrió nuevos caminos para la orquestación que ni Strauss, Bruckner o Wagner se atrevieron a abordar todavía. Ahí está la madera cuadruplicada, cuatro trompas, tres trombones, ocho trompetas, rubricándolos con dos timbales, címbalos y otros elementos capaces de 'hacer ruido', como se criticó en sus primeras audiciones, lo que no le impidió utilizar la estructura clásica de cuatro movimientos: Allegro al que precede una reflexión lenta, scherzo, un movimiento Solemne -donde desarrolla el aspecto más mórbido de su personalidad al convertir un alegre tema popular infantil, sobre el entierro de un cazador, en una marcha fúnebre siniestra e irónica, llena de contrastes y burlas- para desembocar en un Allegro furioso que, emulando a Dante -como figuraba en el programa inicial-, retrata, musicalmente, el paso del infierno al paraíso, la página más larga y abrumadora de la sinfonía.

El Palacio de Carlos V acogió el concierto de anoche. El Palacio de Carlos V acogió el concierto de anoche.

El Palacio de Carlos V acogió el concierto de anoche. / Álex Cámara

Para expresar esa riqueza y originalidad orquestal se requiere un conjunto sinfónico de grandes proporciones y calidad y, sobre todo, un director no sólo capaz de desentrañar tantas complejidades, sino de transmitirlas en toda su plenitud, grandeza, dramatismo y hasta desenfreno. Y ahí estuvo Eschenbach, como siempre, dedicado a cuidar los detalles que hacen posible el gran resultado conjunto. Sombrío y, después lleno de luminosidad en esa eterna primavera que el autor señala en el movimiento, aunque tenga que ponderar hasta donde llega ese canto optimista cuando tanto pesimismo hay en el mundo de Mahler. Hizo bailar a la orquesta en el scherzo, en el que autor gusta de recrear el lenguaje sencillo y hasta vulgar de las orquestas populares, que tanto censuraron sus críticos.

La Orquesta de París, pletórica de recursos, y el director expresaron con absoluta fidelidad y emotividad ese juego morboso a que me refería del Solemne tercer movimiento, con su irónica marcha fúnebre, utilizando un cuento de niños. El tema está en el último número de Lieder eines fahrenden Gesellen. En una música que aunque el autor no desea que sea considerada como programática, es imposible eludir esa idea popular, retorcida en los dos extremos de solemnidad o de cortejo irónico y hasta ridículo que no falta en ningún cortejo fúnebre, y para eso hace falta una dirección escrupulosa hasta el máximo, para enlazar, sin interrupción, con ese dantesco infierno, en re mayor, en un verdadero tumulto orquestal, sólo apaciguado por dos movimientos que surgen del aquelarre, para que Eschenbach pueda arrastrarnos al despliegue final de fanfarrias y címbalos que estallan y hacen temblar las columnas del Palacio para indicarnos que estamos entrando en el paraíso. El paraíso de Mahler y el paraíso del titán Eschenbach. Pero para lograr todo ello hace falta un gran maestro, capaz de hacer sonar a la orquesta, con absoluta claridad, sin sobreponer los planos sonoros, atendiendo todos los matices y los detalles hasta la máxima escrupulosidad, llevando físicamente a la cuerda acariciándola, señalándole puntualidades, manejando como si fuese un soplo que hace vivificar y pasar de la calidez, a la exasperación.

Monumental y justa ovación a un maestro que hace que una orquesta suene de otra manera, aunque luego se encargue, ante los aplausos, de compartirlos con el poderosísimo viento, aislado -el cuarteto de trompas, por ejemplo- o en formidable conjunción: platos, percusión, maderas y, sobre todo, esa cuerda, grave o en la calidad de violines, que responden, como una ola suave o enérgica cuando lo requiere el maestro. No es sólo es la abundancia de elementos -ocho contrabajos en Berlioz-, lo que define a una orquesta sinfónica de otra clásica o de cámara, sino el espíritu colosal y grandioso para dar vida solemne a partituras pensadas para ese efecto: Recordemos la Octava sinfonía, de los mil que Frühbeck presentó en España, en 1970, en el Festival granadino y repitió diez años después. (Heras-Casado parece temer los grandes conciertos sinfónico-corales). En los mermados sólo dos conciertos sinfónicos, el último sube los peldaños de lo mejor de esta limitada edición.

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