Historias de Granada

  • Granada ha acogido desde el siglo XVIII multitud de tertulias que han dinamizado la vida social y cultural de la ciudad

  • La de la Cofradía del Avellano y la del Rinconcillo, en las que participaron Pedro Antonio de Alarcón y Lorca respectivamente, adquirieron fama a nivel nacional

Por hablar, que no quede

El mosaico de la Fuente del Avellano. El mosaico de la Fuente del Avellano.

El mosaico de la Fuente del Avellano.

A. C.

Hace unos días fui invitado a participar en una tertulia cuyos miembros se reúnen todos los miércoles en un hotel céntrico de la capital granadina. Se llama Tertulia Ángel Ganivet y está formada por pensionistas que han pasado su vida laboral en el mundo de la medicina, la justicia y la empresa, sobre todo. Todas las semanas buscan un tema y después hablan sobre el mismo. A veces invitan a un experto en algo para que les hable de cualquier asunto y después debaten sobre el mismo. Hay un moderador con campanilla que la toca cuando ve que algún miembro se pasa en el tiempo y no deja hablar a los demás. Y al que falta, se le pone de hoja perejil, como está mandado y como se estipula en ese reglamento no escrito sobre este tipo de reuniones. Algunos cronistas o biógrafos de las tertulias anotan como rasgo característico la costumbre de atacar y desacreditar sin misericordia al miembro que se retrasa o que no viene a la tertulia, algo que tiene la función de que se tome en serio la asistencia a la misma. Ese día yo estuve hablando de la crisis de la prensa escrita, algo por lo que estaban muy interesados los tertulianos, algunos de los cuales dijeron que habían aprendido a leer en los periódicos que llegaban a sus casas. Les dejé claro que nadie sabe exactamente qué pasará con la prensa de papel, aunque me temo que quede reducida a una mínima expresión para nostálgicos o para aquellos que se resistan a las pantallitas del móvil o a las tabletas electrónicas.

Granada, como digo, es una ciudad muy dada a hablar en grupo. De vez en cuando asisto a la Tertulia Secondo Venerdi, que se celebra en el bar El Sota del Realejo. Se charla sobre temas muy granadinos. También tengo tertulia propia que se llama Jueves de Congregación. Las reuniones las hacemos regularmente en el Chikito, en torno al Rinconcillo, ese lugar mítico donde se reunían García Lorca y sus amigos cuando eran jóvenes. Allí se trasiega el vino y la palabra en una combinación realmente asombrosa y siempre en una determinante relación directa: a más vino, más palabras. Y todo para seguir con esa tradición parlanchina de Granada. Por hablar, que no quede.

Algunas de las organizadas en Granada en otros tiempos llegaron a tener fama nacional, como la llamada Tertulia del Trípode, quizás la más antigua de la que se tiene conocimiento en Granada. La crearon en el año 1738 José Antonio Porcel, Diego Nicolás de Heredia y Alonso Dalda. Luego se unió un tal Alonso Verdugo, tercer conde Torrepalma. Se reunían a principios de cada mes y hasta levantaban actas de las sesiones. Era una tertulia literaria que arropaba el barroco y muy en especial al cordobés Luis de Góngora, que creían el mejor autor de todos los tiempos. Las reuniones las tenían en la Abadía del Sacromonte y desde 1740 en la casa de Torrepalma, a la que llamaban El castillo de las Mutaciones. Se lo pasaban bien y en su jerigonza particular se leían sus églogas y composiciones para alabarse unos a otros sus respectivas creaciones.

Los nudos de la Cuerda

Aunque quién realmente se lo pasaban bien eran los integrantes de otra tertulia famosa granadina llamada La Cuerda. Sus miembros -a los que se les llamaba ‘nudos’- eran unos cachondos y unos guasones que aprovechaban cualquier acontecimiento para pasárselo bomba. Según ha escrito Juan Luis Tapia, no era en sentido estricto una tertulia o una academia sino una sociedad literaria y artística, sin normas ni lugar fijo de reunión, que congregaba a los jóvenes creadores granadinos de la época. Formaron parte de ella celebridades como Manuel Fernández y González y el barítono Jorge Ronconi. El único testigo escrito de aquellas reuniones es El álbum de La Cuerda, donde se reflejan las competiciones de ingenio poético en forma de versos, composiciones musicales y dibujos. En la Casa de los Tiros se conservan los ejemplares de estos álbumes de los años 1853 y 1854, en los que se manifiesta cierta decadencia del grupo al marcharse a Madrid muchos de sus miembros.

El nombre de la sociedad tuvo su origen -según un pequeño ensayo de Antonio Lara- en un día en el que uno de sus nudos, Manuel Palacio, en una ocasión en que, siguiendo la costumbre de ir juntos a todas partes donde tocaran a divertirse, sobre una docena de ellos fueron al Teatro Principal para asistir a una función. Al pasar por el pasillo, que era largo y estrecho, lo hicieron agarrados unos a otros de la ropa. Además, comenzaron a taconear para llamar la atención. El público, que escuchaba las primeras escenas con gran atención, levantó una aireada protesta y de uno de los palcos salió una voz que, dominando los rumores de la sala, exclamó: ¡Ahí la cuerda! Fue así como quedó bautizada la agrupación.

Dos senderistas en la mítica Fuente del Avellano. Dos senderistas en la mítica Fuente del Avellano.

Dos senderistas en la mítica Fuente del Avellano. / A. C.

Sus miembros eran conocidos por un mote especial Pedro Antonio de Alarcón era, por ejemplo, Alcofre y el novelista Manuel Fernández y González era llamado El Poetilla. Era entrar en la tertulia y salir con un mote.

Pero no sólo de risas se nutría este grupo. Los miembros de La Cuerda eran los dinamizadores de la cultura local a través de diferentes diarios: Alarcón, en El Eco de Occidente; Manuel Palacio, en Fray Chirimiqui y El Granadino; y Rafael Contreras, en La Constancia. La Cuerda llegará a dominar la prensa desde la que imponen sus criterios políticos y culturales. Llegarán a encabezar revueltas, como la que lideraron Alarcón, Leandro Pérez Cossío y Manuel del Palacio, en el alzamiento de 1854 en Granada.

Algunas de las reuniones de La Cuerda se celebraron en la mismísima Alhambra gracias al arquitecto y nudo Rafael Contreras, que disponía de una llave de acceso al recinto. Los habituales eran alrededor de cuarenta.

El periodista Juan Luis Tapia, en un reportaje que escribió sobre las tertulias granadinas, nos habla de una que se llamó El Pellejo, surgida del grupo de amigos y familiares que celebraban comidas en el Carmen del Caidero, propiedad del médico López Flores. Aquellas reuniones en torno a una comida permanecieron desde 1837 a 1858, último año en el que se completa el Libro de actas de la tertulia gastronómica pellejuna, que se conserva en el museo de la Casa de los Tiros. “Al concluir cada reunión se plasmaba en el citado documento todo lo allí sucedido: los manjares degustados, las representaciones teatrales, los recitales poéticos y musicales, y las muchas anécdotas”, dice Tapia. Los asistentes a estas reuniones también participaban en los encuentros y veladas artístico-literarias de Granada, entre ellas las tertulias de la casa del músico Mariano Vázquez, en la calle Recogidas. Los grupos de El Pellejo y el de la casa de Mariano Vázquez coincidirán en La Cuerda Granadina.

Aguardiente en el Avellano

Sin duda una de las más famosas -aunque también la más efímera- fue la tertulia de la Cofradía del Avellano. Fue Ángel Ganivet quién la promovió y sus componentes se sentaban en torno a la fuente para hablar de todo lo que había que hablar. Pero sus componentes no solo bebían agua, sino que también consumían aguardiente. Como está mandando. En el libro Los trabajos de Pío Cid, Ganivet describe una sesión de la Cofradía del Avellano, en la que aparecen citados los cofrades con nombre supuesto, tales como 'Antón del Sauce' (Nicolás María López), 'Feliciano Miranda' (Matías Méndez Vellido), 'Perico el Moro' (Gabriel Ruiz de Almodóvar) y otros. Los tres citados colaboraron con Ángel Ganivet en El libro de Granada, que vio la luz en 1899, tras la muerte del escritor.

Los cofrades del Avellano, según el testimonio de uno de ellos, Nicolás María López, "departían con serenidad y elevación, en estilo granadino, que sabe combinar la seriedad de los asuntos con el ingenio y la gracia". A esta tertulia también asistía el pintor Santiago Rusiñol.

Miembros de la Tertulia Ángel Ganivet. Miembros de la Tertulia Ángel Ganivet.

Miembros de la Tertulia Ángel Ganivet. / A. C.

Y llegamos así quizás a la tertulia más famosa de Granada, la llamada del Rinconcillo, que se desarrollaba en el llamado Café Alameda, justo en donde está ahora el restaurante Chikito y colindante con el Palacio de Bibataubín. Es más, en el citado restaurante hay una estatua dedicada a García Lorca en el rincón que se reunían. El máximo exponente de la tertulia era Paco Soriano Lapresa, un hombre de amplia cultura que ejerció sobre el grupo un dominio importante. Conocía toda la música, las lenguas orientales y era un experto en arqueología, en pintura y literatura.

Al grupo, además de los hermanos Federico y Francisco García Lorca, se sumaba Melchor Fernández Almagro, Antonio Gallego Burín, Miguel Pizarro Zambrano, el filólogo José Fernández-Montesinos, José María García Carrillo, Fernando de los Ríos, el arabista José Navarro Pardo, Manuel Ángeles Ortiz, Ismael González de la Serna, Hermenegildo Lanz, Juan Cristóbal, Ramón Pérez Roda, Luis Mariscal, Ángel Barrios y un jovencísimo Andrés Segovia. El compositor Manuel de Falla también frecuentó aquellos encuentros, aunque en muy pocas ocasiones porque era un maniático de los ruidos. Otro de los más veteranos de aquel jovencísimo grupo era el socialista Fernando de los Ríos, quien fuera ministro de Justicia e Instrucción Pública, y una especie de tutor de los hermanos García Lorca.

En su libro Memorias de Granada, Antonina Rodrigo dedica un amplio capítulo a esta tertulia. Dice en él que la esencia del Rinconcillo “fue la amistad y la admiración recíproca, con una buena dosis de alegría y humor, donde estaba desterrada la envidia y la rivalidad”. Aunque a veces alguna vez que otra había sus piques, como cuando el pintor Manuel Góngora se pitorreaba de la poesía de Lorca porque no la entendía. “Vamos a ver, Federico. ¿Qué quieres decir con: ‘No sueñes con la sangre de la luna’?”

La tertulia de Los Jueves en el Rinconcillo. La tertulia de Los Jueves en el Rinconcillo.

La tertulia de Los Jueves en el Rinconcillo. / A. C.

Los rinconcillistas se inventaron a un poeta al que llamaron Isidoro Capdebón Fernández, un escritor llegado de las 'Américas' y que venía a representar toda aquella poética que denostaban los jóvenes vanguardistas granadinos. Dieron conferencias en torno a su poesía e incluso los promocionaron para que fuera académico. Todo el mundo hablaba de Isidoro Capdebón sin saber que no existía. La tertulia acogió la llegada de personajes tan variopintos como Wels, Rudyard Kipling, Rubistein y Wanda Landovska. Uno de los personajes escasamente mencionados era el camarero que atendía al rincón, Navarrico, quien había servido en los barcos de la Compañía Transatlántica y decía: «Yo sé llamar hijo de puta a una persona en cincuenta idiomas”.

Las risas y las bromas eran moneda habitual de los tertulianos. También se inventaron a un músico llamado Konwergen al que lo promocionaban como un virtuoso. Cuenta Manuel Ángeles Ortiz que un día iba con Federico García Lorca por la Gran Vía y se encontraron con el cronista Francisco de Paula Valladar. Para burlarse de él un poco, Lorca le preguntó: “Don Francisco, ¿conoce usted la música de Konwergen? Y Valladar, muy serio y pretencioso, le dijo: “Mira, niño, antes de que tú nacieras, ya lo conocía yo”.

La generación del 50

La última de las tertulias consideradas importantes es la del grupo de poetas del Verso al Aire Libre. Fue la primera manifestación del resurgimiento de la poesía en Granada, cuyo lema procedía de Ganivet: La poesía nueva debe hacerse al aire libre. El grupo alzó la voz en la vida pública de una ciudad en la que ser poeta resultaba ser algo inconveniente, cuando no arriesgado, social y políticamente. «Para la mayoría de la ciudadanía ser poeta equivalía a ser comunista o ser homosexual», señala el poeta Rafael Guillén, uno de los fundadores del grupo, cuyo núcleo estaba formado por José Carlos Gallardo, Miguel Ruiz del Castillo, Julio Alfredo Egea, José García Ladrón de Guevara, el padre Gutiérrez Padial, Antonio Llamas Orihuela, Antonio Moreno Martín, Eusebio Moreno de los Ríos, Eduardo Roca Roca, Pepe López Fernández, Marcelino Guerrero y el trágicamente desaparecido Antonio García Sierra... También se encontraban las poetas Elena Martín Vivaldi, Pilar Espín, Juana Nieves Serrano, Teresa Camero y Mary Cervera. En el recuento que hace Juan Luis Tapias sobre esta tertulia incluye a narradores -Fernández Castro, Víctor López Ruiz-, periodistas -Corral Maurell, Ruiz Molinero-, pintores -Izquierdo, Revelles, Moscoso, Nono Carrillo, Moleón, Lozano, Juan Manuel Burgos, Santaella, Sánchez Muros, Marisa Navarro, Cristina A. Morcillo, Fernando Belda, Ysmer, Soriano Quirós, Horacio Capilla, Villar Yebra-, escultores -Martínez Olalla, Martínez Puertas, López Burgos, Azaustre, Olmedo, Moreno- y el fotógrafo Guerri.

Tertulia Secondo Venerdi, en El Sotas Tertulia Secondo Venerdi, en El Sotas

Tertulia Secondo Venerdi, en El Sotas / A. C.

Las reuniones comenzaron en el Carmen de las Tres Estrellas, propiedad de la familia de Ladrón de Guevara. La lectura y comentarios de poemas iba siempre acompañada de limonada, sangría o simple vino tinto. La granadina Casa de América era el 'cuartel de invierno' de Versos al Aire Libre. Guillén recuerda la asistencia una vez de la poetisa cubana Dulce María Loynaz.

Para cada reunión era obligado solicitar el correspondiente permiso del Gobierno Civil, quien destinaba un miembro de la policía, que debía estar presente durante el acto. En esas reuniones siempre iba un señor vestido con traje y corbata que todos sabían que era un policía que debía vigilarlos para dar el correspondiente informe en el Gobierno Civil. Así lo describe Rafael Guillén: “Era un señor bajito, calvo, que lo pasaba muy mal, pues no podía disimular su condición. Pasado un tiempo, lo invitamos a que se sentase con nosotros y compartiese nuestra charla, lo que hizo de mil amores. El hombre escuchaba y callaba y no se atrevía, en un principio, a tomar parte en nuestras disquisiciones. Pero, claro, tres años son tres años. Un día, ya a punto de disolverse el grupo, nos enteramos perplejos del nombre del ganador del certamen poético convocado por el Liceo. Era nuestro policía. Se llamaba Guerrero Milla".

"Fue la de Versos al Aire Libre una muerte natural. Al margen de la literatura, sus más activos componentes iban alcanzando la edad en que había que mirar el porvenir cara a cara, y así, uno tras otro, se vio arrastrado por su destino", narra Guillén en su obra Tiempo de vino y poesía.

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