Claudio Constantini | Pianista, bandoneonista y compositor

"La historia de Piazzolla fue la de un hombre solo contra todos"

  • Este domingo en Jerez y el lunes en Sevilla, el músico peruano estrena con la OJA un 'Concierto para bandoneón y orquesta' en homenaje al genial compositor que renovó el tango, cuyo centenario se celebra este año

Claudio Constantini (Lima, 1983), pianista, bandoneonista y compositor peruano afincado en España. Claudio Constantini (Lima, 1983), pianista, bandoneonista y compositor peruano afincado en España.

Claudio Constantini (Lima, 1983), pianista, bandoneonista y compositor peruano afincado en España. / D. S.

El pasado 11 de marzo se cumplieron cien años del nacimiento de Ástor Piazzolla, el gran renovador del tango, mito nacional de Argentina tras pasar la correspondiente y en este caso particularmente agria avalancha de incomprensiones y descalificaciones por parte de la vieja guardia. A muchos, a prácticamente todos sus coetáneos les costó años, décadas, entender que ese compositor que pasó su infancia en Nueva York, que luego se formó como pianista en París con Nadia Boulanger, que adoraba hasta las lágrimas a Bach, Stravinsky y Bartok, acabara comprendiendo en lo más hondo de su ser que esa música de los arrabales, las gentes humildes y el presunto mal vivir de la que él mismo durante años se avergonzaba un poco, era en realidad la auténtica música contemporánea de Buenos Aires, tan digna, rica y capaz como cualquier otra de las llamadas y estudiadas como serias de asimilar elementos de vanguardia como el dodecafonismo, contrapuntos bachianos, recursos jazzísticos e incluso –en el paroxismo del desacato– guitarras eléctricas.

Claro que esto, en realidad, no es más que jerga, como arrancarle los pétalos a una flor para estudiar su olor, porque uno, hoy, escucha cualquier pieza de Piazzolla y ni siquiera siente que esté ante una ruptura o una revolución, sino ante una música profunda, melancólica y sensual, bellísima, que parecía llamada a sonar, antes o después, exactamente así. Algo similar experimentó hasta el tuétano Claudio Constantini en su adolescencia. Este joven músico afincado ahora en España, que lleva "toda la vida" aclarando que es peruano y no argentino, iba para pianista (y de hecho lo es) pero una epifanía tanguera lo abocó –felizmente, pues podría decirse que su disfrute es doble– a profundizar de manera autodidacta en el bandoneón y en la música popular latinoamericana. Al cabo de los años, está a punto de cumplir un gran sueño, algo con lo que fantaseaba desde mucho antes de sospechar siquiera que algún día podría ganarse la vida haciendo música: estrenar un Concierto para bandoneón y orquesta en homenaje a Piazzolla. Será este domingo en el Teatro Villamarta de Jerez y el lunes en el Teatro Central de Sevilla, con la participación de la Orquesta Joven de Andalucía (OJA), la estadounidense Sarah Ioannides como directora invitada y él mismo como bandoneonista y pianista solista.

–¿Cómo llegó a interesarse tanto por el tango y el bandoneón?

–Más o menos a los 14 años encontré un disco de Piazzolla en mi casa. Mis dos padres son músicos, mi papá era pianista, mi mamá directora de orquesta, y crecí siempre entre música, clásica sobre todo. Y un día descubrí ese disco que ellos compraron muchos años atrás y me enamoré absoluta, fulminantemente. No había escuchado nada similar antes, ¡ni siquiera conocía el bandoneón! Yo entonces estaba ya estudiando piano, quería ser pianista clásico, pero el bandoneón se me apareció como una fantasía, algo muy especial. Empecé a investigar primero la música de Piazzolla y, más adelante, la historia del tango. Y estando en Finlandia, tendría yo 20 o 21 años y estaba allí para hacer un grado superior de piano, me compré un bandoneón por correo, me lo mandaron desde Argentina, y empecé a aprender por mi cuenta.

–Háblenos de ese Concierto para bandoneón y orquesta (homenaje a Astor Piazzolla) que estrenará con la OJA...

–Siempre estuvo en un rincón de mi cabeza componer un concierto para bandoneón y orquesta, entre otros motivos porque hay muy poco repertorio para bandoneón y orquesta, de hecho el primero propiamente dicho lo compuso Piazzolla, el que se conoce como Aconcagua. Hay algunos más, yo mismo he estrenado alguna vez algunos como intérprete, pero muy poca cosa. Mi idea era escribir un concierto que siguiera totalmente los cánones de los grandes conciertos románticos y post-románticos, con una estructura de tres movimientos, pero con un lenguaje rítmico y armónico propio, mío, lo que quiere decir un lenguaje que asimilara mis influencias, que son muchas. Hay una base clásica que es fundamental, pero luego viene todo lo que conforma el resto de mi ser, la música popular, la música latinoamericana y también el jazz, y que estas músicas estuvieran presentes a través de la articulación y de una manera más directa y pasional de escribir algunas melodías. Quería también componer un concierto que supusiera una verdadera aportación al instrumento, al bandoneón. Y este año, por el centenario de Piazzolla, era el momento perfecto.

Ástor Piazzolla (Mar del Plata, 1921-Buenos Aires, 1992). Ástor Piazzolla (Mar del Plata, 1921-Buenos Aires, 1992).

Ástor Piazzolla (Mar del Plata, 1921-Buenos Aires, 1992). / D. S.

–El bandoneón es un instrumentos bastante singular, poco o nada estandarizado, a diferencia de prácticamente todos los demás que se emplean en el ámbito formal o académico. ¿Qué retos y alicientes implica esto?

–Es un instrumento fascinante que, para empezar, en su origen no tenía nada que ver con el tango. Nació en el siglo XIX en Alemania, como alternativa portátil a los órganos de las iglesias, y se tocaba en misas, en funerales, y poco a poco se fue adaptando a alguna música popular del Tirol... A Argentina llegó con la emigración masiva que hubo a finales de ese siglo y principios del XX, y se incorporó al tango, que ya existía. Claro, influyó profundamente en el género. Y diría más: gracias a que existía el tango, se salvó el bandoneón. Durante la Segunda Guerra Mundial se cerraron todas las fábricas en Europa y eso provocó que, en adelante, el instrumento se desarrollase sobre todo dentro del lenguaje del tango. Ofrece una versatilidad enorme, puede ser muy articulado y dar acentos absolutamente fuertes e hirientes y también hacer unas líneas muy largas, como si fuese un instrumento de viento, que de hecho lo es, pero como si fuese un poco también uno de cuerda; pero lo más especial, para mí, es que se toca no sujeto al cuerpo, como el acordeón, que es el instrumento más cercano a él, sino suelto, y eso implica que uno debe estar en absoluto control del cuerpo, de todo el cuerpo, y no exagero: cualquier movimiento, por pequeño que sea, puede afectar a la continuidad del sonido. Esa cualidad tan orgánica es preciosa y adictiva.

–¿En qué aspectos reside, a su juicio, la gran renovación de la tradición tanguera que significió la obra de Astor Piazzolla?

–La verdad es que yo me atrevería a decir que su revolución fue magnificada, sobre todo, por sus detractores, que tuvo muchos y verdaderamente lo odiaron a muerte. Estaban acostumbrados a un tipo de tango y sencillamente no quería que lo tocasen. Piazzolla tenía otras inquietudes, amaba el tango pero no quería hacer una música limitada forzosamente por el imperativo del baile, no quería verse obligado a seguir una forma tan cerrada y exacta. Él buscaba una música para ser escuchada, no sólo para ser bailada, que tuviera profundidad, desarrollo, que no se estancara. Esa tensión entre los defensores acérrimos de la tradición y los exploradores se ha dado siempre en todas las artes, pensemos en el dodecafonismo o el serialismo si hablamos de música o en el cubismo nos vamos a la pintura, por poner sólo tres ejemplos. Todos ellos eran grupos, más numerosos o menos numerosos, pero eran varios artistas distintos que compartían ciertos puntos de partida. Lo que hace único su caso es que él estaba solo; me refiero como compositor, no digo que no hubiera una parte del público que sí apreció siempre su talento. Su historia como músico es la de un hombre solo contra todos.

–Ya no es que lo llamaran "asesino del tango", es que incluso en el plano más cotidiano de la vida se manifestó ese rechazo: contó el propio Piazzolla en alguna ocasión que algunos taxistas no querían llevarlo a ningún sitio e incluso que sus familiares, en ciertos momentos, tenían miedo de salir a la calle porque eran insultados. Pero hoy ya nadie osa discutir su legado, ¿no? ¿O sí?

–Bueno, siempre hay alguien que tiene una opinión... Pero la prueba de que todo eso quedó superado es que este año el Teatro Colón de Buenos Aires, que es uno de los más importantes teatros del mundo, tras llevar casi un año cerrado por la pandemia, ha abierto sus puertas para hacer 15 días de conciertos dedicados todos a homenajearlo con motivo de su centenario. Diría que hoy Piazzolla es considerado el mayor genio que ha dado la música argentina.

–En el programa de su concierto con la OJA están también la sinfonía Del nuevo mundo de Dvörak y Rhapsody in Blue de Gershwin, y precisamente grabó usted un disco muy interesante, América, con obras de Piazzolla y Gershwin. ¿Qué vínculos encuentra entre ambos?

–Los encuentro bastante similares en su espíritu, en su motivación. Ambos querían sublimar las músicas representativas de su tierra, de su nación, de sus raíces, en un caso el tango y en el otro el jazz, y hacerla llegar a una audiencia más universal, que no fuera necesariamente el público aficionado al tango o el entendido en jazz. Y creo que lo lograron: hoy Rhapsody in blue suena lo mismo en un garito de jazz que en un gran teatro, y de Piazzolla se puede decir exactamente lo mismo. Y ambos crearon una música altamente sofisticada pero que no requiere de ningún conocimiento previo. Quiero decir que hay compositores que sólo se pueden aprecian en toda su grandeza si uno tiene cierto bagaje, conocimiento de la historia del género en cuestión, pero cualquiera que escuche Adiós, Nonino o la melodía de Rhapsody in blue, en cualquier situación, sea quien sea, entra en contacto con una emoción pura, pero hecha desde un oficio de escritura muy elevado, con gran rigor formal. Creo que no hace falta que recuerde lo enormemente difícil que es conseguir algo así.

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