Crítica | 'Future Lovers' Juventud, sospechoso tesoro

  • Queda la promesa tras el trance de hora y media, que no es mal momento para escuchar a los jóvenes, ese colectivo últimamente camino de convertirse en la cuna de los criminales natos

Una imagen de la compañía La Tristura en acción Una imagen de la compañía La Tristura en acción

Una imagen de la compañía La Tristura en acción / G. H.

Poner a hablar a seis jóvenes en mitad de un escenario en octubre de 2020, pandemia mediante, no es sólo pertinente, sino que incluso lleve consigo algo de morbo. En los azares de la vida o el teatro, para el caso lo mismo, ha querido el tiempo que esta propuesta de La Tristura llegara tarde, como suele ser norma, a los escenarios granadinos. Provoca algo de tristeza que además, manda narices, sea su debut en estos lares. Pero, caprichosamente, ese mismo azar hizo que la propuesta en el Teatro Alhambra funcionara este fin de semana con un efecto en la mirada del espectador a priori radicalmente distinto al que probablemente tuvo en su estreno, hace ya dos años.

El tiempo hace mella, sobre todo cuando no se piensa en él. Y de eso habla Future Lovers. Contada así, es una historia en principio sencilla. El recuerdo posadolescente acerca de una noche con amigos donde los corrillos, las conversaciones a medias y el baile en mitad de la incertidumbre propia de esos años encuentran especial relevancia en la biografía de cada uno.

Pero cuando acaba la función, como ocurre con las buenas obras, no es ese el resumen. Quizás por la deliciosa iluminación de Carlos Marquerie, por su sólida estructura dramatúrgica o quizás por un discurso generacional tan ausente hoy día, pero tan bien elucubrado por este grupo de creadores que han encontrado con merecimiento, tras más de una década de trabajo, un hueco inexcusable en la programación escénica madrileña.

Puede ser, todo ello, influya. Aunque, también quizás, tras salir del teatro y llegar a casa a la hora del toque de queda, frente a esos enérgicos cuerpos en sudor sin mascarilla bailando desaforados, uno, simplemente, no pueda, en estos momentos, más que emocionarse. Sentirse, al fin y al cabo, un voyeur de aquello que ya no pasa. De alguna manera, he ahí lo bello del teatro, en este contexto todos seamos un poco esa muchacha que al comienzo de la obra, en el centro de la escena, quiere recordar algo.

Celso Giménez, el ideólogo de la pieza, la buena mano en la dramaturgia de Itsaso Arana y Violeta Gil, y el refrendo de un elenco fresco y prometedor cuanto menos, consiguen llevarnos entre susurros, cabezas gachas, gritos y reiteraciones, sean un "tío", un "bro", un posible enamoramiento o un claro desamor, a una comunión con ese agente extraño que parece ser la juventud.

Una juventud resabiada, que se cree capaz, pero que alberga a su vez todas las dudas y miedos del mundo. Los de siempre. Como toda generación, así se muestra en escena, esta también quiere matar a un Dios para poner el suyo en la mesita de noche.

Al espectador entonces, si no ha entrado en la esfera del partenalismo o la desidia, le queda la maravillosa posibilidad de encontrarse con la sospecha de que apenas conoce a quien habla. No conoce su música, le extrañan sus móviles, le suenan sus inquietudes y sus cuerpos, de fuerza o languidez, evocan un aire de superioridad manifiesta.

Queda la promesa, tras el trance de hora y media, de que no es mal momento para escuchar a los jóvenes, ese colectivo últimamente camino de convertirse en la cuna de los criminales natos. Nunca lo es, en realidad. Acercarse a cada uno de ellos e intentar comprenderlos sin mitologías previas se puede entender, a veces, como heroicidad. Pero también puede ser, citando los versos de la canción final de la pieza, no hacerlo sea, inevitablemente, un acto de cobardía.

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