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Instantes de una mitología

  • Londres acoge una exposición de fotografías de Raymond Cauchetier, reportero oficial de la 'Nouvelle Vague' francesa

La imagen de Jean Seberg con su camiseta blanca del New York Herald Tribune y Jean-Paul Belmondo con su sombrero paseando por los Campos Elíseos de París en una escena de Al final de la escapada (1959, Jean-Luc Godard) es ya uno de los iconos indiscutibles del cine moderno, hito fundacional de una nueva mitología cinematográfica, fresca, joven y desenfadada, que iba a sustituir la distancia aurática de los grandes astros del cine americano, creados tantas veces a partir de un científico método de fabricación de glamour y fotogenia, por una nueva imagen de marca que daba paso a una nueva y estimulante etapa de la historia del cine, mucho más espontánea y cercana a los modelos de una nueva juventud a pie de calle.

Esa imagen quedó congelada por el objetivo de Raymond Cauchetier (1920), veterano reportero de guerra de las Fuerzas Aéreas francesas curtido en mil batallas (Indochina, Camboya), foto-fija de aquel rodaje y, desde entonces, fotógrafo oficial de los grandes títulos de una cinematografía que se convertía en el epicentro del planeta-cine con su nuevo lenguaje, su atrevimiento formal y, sobre todo, sus nuevos rostros, jóvenes actores y actrices que iban a renovar el panorama del star system no sólo en el cine francés sino también en el cine europeo e internacional.

Pegada siempre a los directores y operadores como Raoul Coutard o Néstor Almendros, la cámara de Cauchetier fijó así para siempre momentos y fotogramas inolvidables que han nutrido el imaginario fetichista de toda una generación cinéfila, imágenes que han pasado a convertirse en souvenirs para cualquier turista que pase por París, instantes de una época que, como casi todas, pasó intensa y rápidamente para disolverse entre los pliegues de la memoria y la nostalgia en los estertores de una década prodigiosa a la que puso fin el furor político del Mayo del 68.

Muchas de esas fotografías, algunas de ellas inéditas, pueden verse hasta el próximo día 28 en una preciosa y recogida exposición en la galería londinense James Hyman, fotos en las que reencontramos a Seberg y Belmondo en numerosas escenas del rodaje de aquella primera cinta fundacional, dos cuerpos jóvenes, rebeldes y enamorados que Cauchetier supo mirar con la misma vibración documental con la que Godard improvisaba, a ritmos jazzísticos y homenajeando al cine criminal de serie B, su historia de huida y amour fou con parada en las boardillas de los bulevares parisinos.

Pero no sólo a ellos, el fotógrafo documentó también los rodajes de las primeras películas de François Truffaut, Jacques Demy, Agnès Varda o Jacques Rozier (Adieu Philippine), en las que encontramos a Jean-Pierre Léaud como el Antoine Doinel de Besos Robados, a los tres protagonistas de Jules y Jim, Oskar Werner, Henri Serré y Jeanne Moreau, congelados en su inolvidable carrera en el pasadizo, a ésta última, imagen de la mujer moderna por excelencia, con una maravillosa peluca rubia en una escena de La bahía de Los Ángeles, a Anouk Aimée en Lola, a Corinne Marchand paseando meditabunda por las calles de París en una imagen de Cléo de 5 a 7, a Anna Karina, musa de Godard, en Une femme est une femme, o a Françoise D'Orleac y Jean Desailly, adúlteros a la escapada, tumbados en la cama de una habitación de hotel en La piel suave.

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