Crítica de Cine

Marchando otra de Marvel

Michelle Williams y Tom Hardy en un fotograma de la película. Michelle Williams y Tom Hardy en un fotograma de la película.

Michelle Williams y Tom Hardy en un fotograma de la película.

Lo mucho harta, por bueno que sea. El western, el género más troncal y hermoso del cine americano, murió por razones sociales, las crisis de la década de los magnicidios, Vietnam y escándalos iniciada con el asesinato de Kennedy y culminada por el Watergate; pero también, y sobre todo, por el cansancio generado por su explotación intensiva a través del cine y la televisión. La media de creatividad y calidad de las producciones de superhéroes es infinitamente inferior a la del western. Y ni aún en sus mejores casos ha producido un Ford, un Hawks, un Mann, un Peckimpah o un Leone. Y sin embargo vive, gracias a las posibilidades digitales y a la crisis del cine comercial inteligente (motivada por la crisis del público mayoritario inteligente) desde el éxito pionero del Superman de Donner (1978: hace justo 40 años) y sobre todo del Batman de Burton (1989). Entre las diez películas más taquilleras de la historia del cine la franquicia de Avengers ocupa el 4º, 6º y 8º lugar. Así que mientras la gallina siga poniendo huevos de oro no es cuestión de comérsela.

Con Venom el mediocre Ruben Fleischer -Bienvenidos a Zombieland, 30 minutos o menos, Ganster Squad- se suma al jartible universo cinematográfico Marvel (en este caso asociado con Sony) con Venom, un personaje de supervillano (es un parásito extraterrestre que ocupa cuerpos de humanos desgarrados entre su personalidad y el inquilino, por lo tanto deudor lejano y marciano de Jeckyll y Hyde, y próximo de las venerables Vinieron del espacio o La invasión de los ladrones de cuerpos). Nacido en 1984 del tebeo Marvel Super Heroes: Secret War de Spiderman y pasado al cine como antagonista del superhéroe en Spiderman 3, ahora Venom y el cuerpo okupado del periodista Eddie Brock (un gesticulante Tom Hardy) son protagonistas de su propio corralito. Mal escrita, rutinariamente rodada y ni tan siquiera sorprendente por sus efectos especiales, la película nada más que ruido visual y sonoro, más alguna gamberrada, añade al universo fílmico en el que se integra. Que tampoco es de una riqueza apabullante, que digamos.

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