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Pynchon no tiene límites

¿Thomas Pynchon existe? ¿Ese nombre y ese apellido pertenecen a un hombre? ¿Es de carne y hueso? Si Thomas Pynchon no es una invención norteamericana, si es verdad que es un tipo que nació en 1937, entonces estamos ante un portento de 77 años, un escritor fuera de lo común. Porque escribir Al límite con esa edad sólo está al alcance de un genio. Si Thomas Pynchon no es la marca de una corporación que ha fabricado algunas de las novelas más influyentes del siglo anterior y de éste (V, El Arcoiris de Gravedad, La Subasta del Lote 49 y Contraluz) y es, en efecto, casi un octogenario, la Academia Sueca lleva mucho tiempo perdido y haciendo el ridículo debatiendo año sí y año también a quién darle el Nobel.

O no. Porque a Pynchon no le hace falta el relumbrón del premio nórdico. Puede que sí la pasta… (Desde luego, si es una corporación la que financia el Proyecto Pynchon el cabreo en su consejo de administración debe ser ya de proporciones bélicas por la pertinaz negativa de los señores académicos.) A sus lectores tampoco. A éstos les hacen falta sus novelas (vale, sí, la pasta sí, pero no existe el Premio Nobel de Lector de Literatura). Y en 2014 han tenido una: Al Límite. Un pasote. Su escenario: Nueva York en la primavera de 2001, a pocos meses de la catástrofe.

Puede que algunos, los más aficionados a la farándula de las letras, consideren el acto de entrega en Estocolmo definitivo para conocer al escritor porque piensan que éste no se negaría a acudir a recibir el premio de manos del rey sueco y por fin revelaría su jeta y con ella su identidad, pues con esta ceremonia no repetiría la ocurrencia de enviar a un cómico a recoger el Nobel en su nombre, como hizo con el National Book Award. Ya provecto, Pynchon no se resistiría a fardar en Estocolmo, a pronunciar un discurso y a ser agasajado y colmado y a proclamar a los cuatro vientos "Señoras y señores, aquí estoy yo ¡Míster Pynchon!". Otros preferiríamos que irrumpiera en el escenario del Palacio de Conciertos de Estocolmo a la manera en que lo hace en Los Simpsons, con una bolsa de papel de supermercado cubriéndole la cabeza. No queremos ver su rostro, queremos leer sus libros. Como este Al límite, escrito por un tío con 77 tacos.

Thomas Pynchon. Tusquets. Barcelona, 2014. 496 páginas. 22 euros

Karmelo C. Iribarren cuenta ya con decenas de seguidores y lectores incondicionales, con numerosos adictos, yo entre ellos, a su poesía concisa, limpia, nocturna, melancólica y urbana, cómplices imaginarios de sus viejas hazañas en bares, calles y esquinas, siempre bajo la lluvia, acompañantes de lujo de sus bolos y presentaciones, en tren a ser posible.

Su poemario (ahí tienen La ciudad, también en Renacimiento, para abrir boca) está indisociablemente unido a una suerte de relato autobiográfico, quién sabe con cuánto de realidad confesional y cuánto de mejora (incluso los perdedores necesitan maquillaje), de manera que este diario en aforismos, o estos aforismos en diario, como prefieran, apenas se desmarcan, si acaso se desgajan, de su ya generosa colección de poemas.

El de San Sebastián se sitúa aquí, no muy lejos de su colega Iñaki Uriarte, otro tapado de lujo, en el terreno inmediato del pensamiento esbozado a vuelapluma, aunque su gusto por la brevedad depure aún más la página y la idea para dejarla en el hueso, en el fogonazo de ingenio, en los servicios mínimos de la prosa poética y la filosofía de bolsillo. Verdades breves, sí, pero verdades como puños, y directas al bazo.

Diario de K reúne latigazos de lúcida desolación, apuntes de relatos épicos y románticos que no pasaron nunca de la imaginación de su narrador, pensamientos de actualidad sobre los poderosos, los miserables y los mezquinos, también sobre los propios escritores y el mundo de la literatura, ese mundo del que el autor se resiste a formar parte, aunque tenga ya decenas, centenas de seguidores incondicionales.

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