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Un episodio y sus infinitas circunstancias artísticas

  • Joaquín Peña-Toro muestra en la sala Anticuario Ruiz Linares todo su enorme poderío creativo y una personalidad absolutamente distinta y arrolladoramente fuerte

A Joaquín Peña-Toro pertenecer a la generación de artistas que pertenece no le ha venido demasiado bien. Quizás estemos ante uno de los autores con más personalidad, con mayor formación cultural y artística y, probablemente, con mayor trascendencia pictórica. Sin embargo, del gran grupo granadino, Joaquín Peña-Toro ha sido el peor tratado por la propia dinámica del arte y ha sucumbido ante la aplastante proyección de muchos de sus compañeros. El discurrir artístico es bastante arbitrario y muchas veces sus decisiones están bastante faltas de lógica. Nosotros, que hemos seguido su carrera desde un principio, podemos decir que, siempre, ha estado en posesión de una contundente base creativa, que su pintura encerraba una cuidada estructuración intelectual, que desentrañaba curiosos estamentos de una realidad que él hacía personal dándole una nueva dimensión significativa. Por eso estamos seguros de este artista que siempre nos ha mostrado su definitivo poder creativo, su personal lenguaje, su amplitud de miras y su realidad artística, postulados de una pintura que creemos sin fisuras y con las máximas seguras proyecciones. La muestra en los espacios del anticuario Ruiz Linares -sala que ya mostró sus muchas posibilidades expositivas con las esculturas de Alejandro Gorafe- nos vuelve a situar en la apasionante pintura de un Peña-Toro que extrae a un episodio histórico sus más felices planteamientos ilustrativos, esa realidad mediata de un hecho que tuvo lugar en los años cincuenta cuando Frank Sinatra llegó, al entonces, incipiente y, después, internacional Torremolinos -al hotel Pez Espada-, protagonizando curiosos acontecimiento muy de película americana. El pintor granadino extrae elementos, secuencias, objetos de aquellos pasajes existenciales, descontextualizándolos y dándoles una nueva proyección significativa.

Pero, Joaquín Peña-Toro no se detiene en una simple sucesión de hechos representativos del evento rescatado de la memoria. Su pintura encierra mucho más; plantea una simbología, desarrolla las secuencias evocadas de una sutil metáfora, alude a una especial iconografía donde ficción y realidad yuxtaponen sus espacios, crea una inquietante escenografía de mínimos donde los contundentes elementos representados guardan testimonios más profundos y, además, desentraña una especialísima filosofía de lo festivo, alude a la historia de una zona y escribe una sutil página sociológica de un momento capital para el conocimiento de una zona turística que, en aquellos años 60, surgía con incontrolable proyección.

En todo esto reside la importancia de este artista. Un simple hecho, un escenario y un personaje, protagonistas puntuales de una historia, ha sido el germen impulsor para dar con un desarrollo pictórico de imprevisibles desenlaces; desenlaces que Joaquín Peña-Toro controla, da sentido y crea un entramado pictórico -también visual, recreando una especie de discoteca- para formular múltiples teorías sobre una sociedad con infinitos matices y postulados.

De nuevo, los desarrollos artísticos de Peña-Toro se nos hacen felices manifestaciones de un proyecto creativo apasionante y apasionado; donde se hace realidad la contundencia plástica y conceptual de uno de nuestros más sabios artistas.

Joaquín Peña-Toro Anticuario Ruiz Linares.

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