Literatura | Centenario del nacimiento de Ray Bradbury El mediodía a medianoche

  • El sello Minotauro reedita algunos de los títulos más famosos del escritor norteamericano en el primer centenario de su nacimiento

Un retrato de Ray Bradbury. Un retrato de Ray Bradbury.

Un retrato de Ray Bradbury. / G. J.

Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Ray Bradbury -que vino al mundo el 22 de agosto de 1920 en Waukegan (Illinois) y murió el 5 de junio de 2012 en Los Ángeles-, un ejemplo inmejorable de escritor afortunado. Con solo 30 años, el autor lanzó Crónicas marcianas (1950), que el público y la crítica convirtieron en un clásico instantáneo; este y otros éxitos le cubrieron las espaldas y Bradbury pudo desarrollar con relativa tranquilidad una carrera de 60 años. Repito, ¡sesenta años!

Su buena estrella fue perdiendo intensidad, pero el público y la crítica siguieron concediéndole sus favores. Sea como fuere, Bradbury dio lo mejor de sí en la década de 1950: ahí están -además de sus crónicas del Planeta Rojo- Fahrenheit 451, El hombre ilustrado, El país de octubre, El vino del estío… Y Las doradas manzanas del sol (Minotauro), una colección de relatos aparecida inicialmente en 1953 que se encuentra entre lo más gozoso que he leído de este autor.

Portada de la reedición de 'Las doradas manzanas del sol'. Portada de la reedición de 'Las doradas manzanas del sol'.

Portada de la reedición de 'Las doradas manzanas del sol'. / G. H.

Su nombre siempre estuvo ligado a la ciencia ficción, pero Bradbury se veía a sí mismo como un cultivador de lo fantástico, sin restricciones de ningún tipo, y el libro que traigo a colación es buena prueba de ello. Incluso las historias más ortodoxas echan raíces en el fértil terreno de lo fabuloso y legendario. Pensemos en El ruido del trueno, en torno a un tema clásico, el de los viajes en el tiempo: en este relato, una compañía se dedica a organizar safaris al período Jurásico para darles a sus clientes la posibilidad de cazar un dinosaurio.

Los clientes deben respetar escrupulosamente determinadas reglas y una destaca entre todas ellas: nadie debe salirse del sendero instalado por la compañía a fin de evitar cualquier alteración en la historia evolutiva del planeta. Los dinosaurios que cazan estaban condenados a morir accidentalmente, de modo que ellos se limitan a adelantarse a los acontecimientos. Pues bien, esta advertencia de no salirse del sendero hace pensar en la que la mamá de Caperucita le hacía a su hija; no hay casa de la abuelita en esta historia, pero sí un Tyrannosaurus Rex que cumple sobradamente el papel de Lobo Feroz.

En ámbito fantástico, el ayer o el mañana son únicamente los distintos disfraces del presente. En El peatón, Leonard Mead, un ciudadano de mediados del siglo XXI, recorre las calles desiertas de su ciudad. No hay absolutamente nadie, pero no a causa de un apocalipsis nuclear o de una plaga bíblica ni nada por el estilo; sus conciudadanos se encierran en sus casas para ver la televisión horas y horas, abducidos por una oferta inagotable de programas, concursos, documentales, series, películas… El escritor de Illinois fue muy crítico con los efectos narcóticos de la televisión. En el relato titulado El asesino, dice de ella: "Esa bestia inmunda, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una mirada fija, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco".

En este mismo relato, Bradbury describe el sometimiento de la gente a una radio pulsera que la mantiene permanentemente conectada a la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, etc. Imposible no pensar en la actual dictadura de la telefonía móvil. Les invito a salir a la calle e intentar recorrer 50 metros sin tropezar con alguien hipnotizado por la dichosa pantallita; mejor aún: intenten recorrer ustedes esos 50 metros sin consultar el puñetero aparato.

Las doradas manzanas del sol se me antoja una óptima puerta de entrada al mundo de Bradbury. La recopilación, muy ecléctica, muy sugerente, incluye un puñado de relatos realmente notables. Alguno, como el ya citado El asesino, nos hace preguntas incómodas a partir del ejemplo de un individuo que ha decidido prescindir de toda la cacharrería que rodea a sus conciudadanos: teléfonos, televisores, radios, etc. Un especialista lo visita por encargo de la policía y, para su sorpresa, no encuentra a un tipo peligroso, sino a un hombre feliz, sonriente: "La sonrisa sobresaltó al psiquiatra -escribe Bradbury-. Una sonrisa soleada y agradable, que iluminaba brillantemente el cuarto. El alba entre lomas oscuras. El mediodía a medianoche, aquella sonrisa". No se me ocurre manera más imaginativa de describir lo singular, lo extraordinario.

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