Érase una vez
Agustín Martínez
Nos deja un caballero
Artistas de Granada
Lo tuve muy claro desde que contemplé por primera vez una obra de Bernardino Sánchez Bayo. Era la fórmula mágica de la nueva figuración. La realidad se descomponía en mil pedazos para que cada uno de ellos formulara un registro creativo que marcara nuevos rumbos significativos. Era un episodio metafórico donde la imagen suscribía desarrollos y desenlaces tangentes a lo que se representaba y la vista aprehendía. Muchísimo más que la ilustración de lo concreto. Porque lo que se ve puede ser un modo engañoso de marcar tiempos, espacios y sistemas.
Además, la pintura de Bernardino Sánchez Bayoestablece perspectivas que sabes que no ejemplifican formas realistas sino, quizás, todo lo contrario. Por que la figuración al uso, aquella que parte mínimamente de posicionar los postulados que la mirada descubre, nos son más que ejercicios pobres donde no todo queda planteado con justeza y con justicia. No es normal que pintar lo concreto de la existencia, sin otro interés, que magnificar los efectos de lo que se ve, siga manteniendo una suprema vigencia. El arte va mucho más allá. Si no se cuenta historias, si no transmite efectos, si no adelanta posiciones, si no espiritualiza lo menos espiritual, se queda en meros retratos sin vida. Y Bernardino Sánchez Bayo va infinitamente más allá de todo eso. Su pintura pellizca el alma, trasciende desde lo cercano a los estamentos recónditos que hacen saltar las alarmas.
La pintura de Bernardino Sánchez Bayo, pulcra de principio a fin, generada con el supremo valor del que conoce el oficio, del que sabe pintar –hoy, desgraciadamente, no todos los que se dicen artistas o se lo creen y muchos de los que se creen sumos hacedores de la pintura, saben pintar y, cuando lo hacen, lo realizan de manera fullera o sin sustancia– manifiesta una importante solvencia artística y, sobre todo, plantea desenlaces que están muy por encima del propio hecho creativo. En su trabajo hay pintura, pintura, poderoso germen de algo que se dispondrá para que esa otra realidad mediata que manifiesta surja y desentrañe los valores significativos de unos conceptos que se intuyen desde el principio.
Siempre he tenido claro –y lo he manifestado en algunas ocasiones, la última vez en estas páginas– que en la pintura de Bernardino Sánchez Bayoel contenido habitual de lo representado pierde mucho de la dimensión que el entorno le concede, bien porque lo que ilustra no coincide totalmente con el sentido general, bien porque el autor lo somete a un nuevo proceso identificativo y a una situación no inmediata. Esta huida hacia delante de lo que se tiene por norma visual y significativa añade un nuevo punto de vista que atrapa la mirada y aporta expectativas diferentes al significado de lo que se expresa. La realidad es sometida a una profunda distopía donde todo queda supeditado a los extremos imprecisos que cada cual quiera imponer. Así lo dije y lo mantengo.
En la pintura de Bernardino Sánchez Bayo existe bastante de toque de conciencia, de meter el dedo en la llaga, de llamada de atención, de arrebato. No es una pintura que permanece estática, es una forma de acción, de contundente voz que clama por los infinitos desajustes que existen en esta sociedad decadente que se nos va de las manos. En su pintura hay mucho de aquel grito desesperado que se dio para bien del arte, hay un extremo llamamiento a las conciencias del arte y de sus regidores, algo de aquella lata de Manzoni, hay expresionismo contundente de pintores con geniales locuras, rupturas de la esencia artística buscando nuevos clasicismos que no son nada más que nuevas rutas de eternidades. Pero en todo ello, y con todo ello, hay pintura, arte en ejercicio, lucidez creativa desde registros de pura formalidad pictórica.
Por eso, la obra de Sánchez Bayo no podía presentarse en las galerías al uso de esquivos planteamientos y andaduras forzadas por muchas imposiciones. Lo hace en La Empírica, un lugar que transgrede la norma de lo habitual para centrarse en otros asuntos menos mundanos. Lo viene haciendo desde el principio de su andadura y lo está haciendo últimamente con mayor intensidad. En las obras que se presentan en los espacios de la calle Casillas de Prats, con ese casi icono motorizado como centro de la muestra, se nos ofrecen retazos de esa vital concepción pictórica del pintor granadino, esa donde lo real asume una nueva dimensión interpretativa; la que confunden espacios de realidad contrapuestas. Una exposición, pequeña en dimensiones y grande en aperturas emocionales. Una pintura que descubre a ese artista a contracorriente donde la pintura –la buena pintura– plantea modos y maneras diferentes para que el concepto llegue posicionado desde un proyecto artístico de máximos.
Como escribí aquí una vez: “En la obra de Bernardino Sánchez Bayo nada es lo que parece -o sí, ¿por qué, no?–“.
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