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Día 21: Con ramos

Me hubiera encantado resumir lo que fue el Domingo de Ramos, que es un día de sol

Me hubiera encantado hacer un resumen de lo que fue el Domingo de Ramos de 2020. Hablar de palmas, de niños en la Plaza de la Universidad, de la Borriquilla, de un día de sol y calles abarrotadas... De sol. No sé porqué, pero mi recuerdo del Domingo de Ramos es un día de sol. Ya. Ya sé que no es verdad. Los cofrades me lo recordarán. Conocen la meteorología de estos años para aquellas fechas mejor que cualquier estadística. Y sé que muchas estaciones debieron suspender sus salidas procesionales por la lluvia.

Si hoy me lee mi Pater particular, Jorge Martínez, disfrutará en sus adentros. Cómo se estará riendo del jardín en que estoy metido. Tantos años emplazándonos para comentar la Semana Santa en TG7... Verán. Nunca me gustaron las procesiones. Él lo sabe. No es por las procesiones en sí. En realidad, son los eventos de grandes aglomeraciones, donde la gente corre, se empuja, te ves atrapado, sin salida. Y cuando llegaba, si llegaba, a la altura de la comitiva, el fervor ya había desaparecido por completo. Una época de mi vida tuve que verlas. Todas. No fue devoción, ni fervor. Trabajo. Las vi, eso sí, desde el respeto, la consideración y la fé en un Dios que sale a la calle a propiciar encuentros personales con muchos de los que están en el bullicio. Y sólo con que, Pescador de hombres, ese día sea capaz de llamar a más de uno por su nombre y hacer que le sigan, será suficiente. Para mí, puede más eso que el respeto a la tradición.

Pero confieso que no fue suficiente para mi, y seguí sin procesionar hasta ahora, ni encontrar verdadero acomodo en ellas. Mis mejores recuerdos de Semana Santa, fueron de pequeño, en Santa Teresa, mi parroquia. Los oficios, la hora Santa, Victorino Belloch, un valenciano sacerdote que se quedó entre nosotros y a quien le debo parte de lo que soy. La otra se la debo a don Ramón, el cura de las tres erres (Rodríguez Rescalvo) que siempre, en Semana Santa, marchaba a la Alpujarra para echar una mano en esos lugares recónditos, donde difícilmente se podía acceder con los coches de antes, y donde la meditación y la cercanía a Dios, seguro, debía de ser más profunda que en esta ciudad de contrastes. Ahí viví a un Jesús desnudo que se acercaba en la hora santa a decir que lo abrigáramos, que en el huerto de los olivos fue más hombre que nunca, que tuvo miedo, que sintió miedo, y que hoy, mañana y siempre necesitará que le acompañemos y que estemos junto a Él. Como Él hoy está confinado entre nosotros.

Eso fue mi Semana Santa juvenil. Bueno, y una guitarra, la que también dejé de lado cuando la vida nos fue driblando, buscando giros, revueltas, todo lo necesario para emprender otros caminos. Pero un día despiertas, te ves allí, en mitad de todo, sintiendo la nada. Y la mano de un Dios que nunca te olvidó, te devuelve aquella fe que dejaste aparcada en algún lugar. Quizás este confinamiento nos sirva para saber quiénes somos, qué queremos, dónde vamos. Quizás nos sirva para saber que no estamos solos, y que solos nunca podremos crecer.

Hoy también ha salido el sol. Ha hecho mucho calor a mediodía. No había ramas de olivo. Mis hijos, Piti y yo, salimos a la terraza a tomar el sol. Y por esa carretera que lleva a Monachil, la que conduce los picos más empinados de la Sierra, la que lleva más cerca de Dios, ha pasado este Domingo de Ramos Jesús. Con ramos y todo.

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