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Análisis

rogelio rodríguez

Sánchez y Rivera tienen la palabra

La situación impone que uno y otro aparquen sus apetencias partidistas. A partir del 26-M

El rotativo Financial Times y el semanario The Economist, dos medios que se distinguen por su retorcido celo con los intereses españoles, están de celebración, ya que las urnas han corroborado su incondicional apuesta por Pedro Sánchez, al que califican de "hombre de Estado, merecedor de obtener el triunfo". Sin duda, las anuencias de Sánchez con el independentismo y la izquierda radical, sus despreciables acuerdos con Quim Torra, su incremento del gasto público, su talonario de decretos electoralistas y su testarudo empeño con la momia de Franco son argumentos tan sólidos que no podían escapar a los agudos análisis de las citadas cabeceras, coincidentes -dicho sea- con la opinión de otros grupos de prensa nacionales y, para legítima gloria del vencedor, con los casi siete millones y medio de españoles que le han otorgado su confianza.

El pasado 28-A la algoritmia de las emociones trastocó de nuevo la lógica. La mayor parte del electorado de izquierdas se movilizó en torno a las únicas siglas capaces de evitar que una derecha tonante y descabalada reconquistara el poder a golpe de espuelas. La inquietud que generaba -y genera- una prolongación del Gobierno de Sánchez se tornó en un mal menor ante una alternativa fraccionada y vocinglera, que Vox contaminó con arengas involucionistas. Sobre todo, al ya malherido PP, que achicó su espacio tratando de recuperar el bajío ultraconservador. Perder casi cuatro millones de votos exige una lectura muy distinta a la que hace estos días el bisoño y disperso líder popular, Pablo Casado.

Pero, sea como fuere, toca reconocer que Sánchez ha ganado con solvencia y suyo es, con todo derecho, el grave compromiso de gobernar. A ser posible, a solas y con el apoyo puntual de los distintos grupos, preferentemente de los constitucionalistas, si esta vez cumple su novena en la defensa de la Constitución y su declarado rechazo a cualquier proceso independentista. Ceder a Podemos una parcela de Gobierno, como reclama el impenitente Pablo Iglesias, supone asumir postulados radicales de una formación con techo bajo que pregona acciones sin cabida en la ortodoxia socialista. Sánchez insinúa que ha dejado de ser deudor de Podemos y de los nacionalistas. Es un político imprevisible, pero las urnas han colmado su ambición. Ya no necesita someterse al chantaje republicano o golpista.

El socio preeminente del PSOE en esta etapa saciada de incertidumbre no es otro que Ciudadanos, como reivindican amplios sectores sociales y económicos, pero las enconadas -y justificadas- diferencias entre los líderes de ambos partidos suponen, de momento, un muro inexpugnable. Sin embargo, existen sobradas razones si no para conformar una coalición, que derruiría el futuro de Cs, sí, al menos, para acordar las principales cuestiones de Estado y, desde la moderación y el consenso, aplicar las reformas necesarias. Sánchez, con viento en popa, ha logrado una mayoría insuficiente y Rivera está a dos pasos de convertirse en la gran alternativa. La situación impone que uno y otro aparquen sus apetencias partidistas. A partir del 26-M.

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