Análisis

Roberto Pareja

Las caritas de Torra

El artículo 155 es un mecanismo excepcional al que la derecha, de tanto manosearlo, está devaluando a la categoría de ordinario y que tanto serviría para despojar a la Generalitat de competencias -empezando por la seguridad visto lo visto, con autopistas cortadas y peajes gratuitos mientas los Mossos silbaban- como para desalojar del machito a Quim Torra (con su engañosa carita pastueña), un loco muy cuerdo que un buen día (es un decir, fue el 1 de octubre) bendijo los desmanes de los Comités de Defensa de la República (CDR). "Apretad, hacéis bien en apretar".

La estrategia del Govern pasa por tensar la cuerda con el Gobierno (ese saco de golpes que con su minoría y su estéril empeño no está para muchos trotes) y elevar la tensión en las calles, cargas de los Mossos incluidas, dotando a la fantasmagórica escena del procés de surrealismo al pedir explicaciones el president a su conseller de Interior como si fuera el sosias del ministro del ramo en Madrid.

Tras meses de buen rollito con Moncloa, el ambiente se caldea según se acerca el juicio en el Supremo y echará humo con el Consejo de Ministros en Barcelona, una provocación para esos encapuchados de la cofradía del santo apretón aptos para propiciar ese jaque mate a la convivencia que sugirió Torra (con carita de póquer) con su siniestra apelación a la vía eslovena si la cosa se sale de madre y nos topamos con un entierro.

Andalucía ya le pasó factura al posibilismo de Sánchez, que ahora sube el tono con Torra por la cuenta que le traerá en las urnas. Los bomberos pirómanos de PP, Cs y Vox poco aportan con su invocación a un 155 que ya se ha revelado bastante inútil (suena a la piedra de Sísifo) para el entuerto. Pero también cabe preguntarse qué otra cosa se puede hacer (aparte de claudicar) ante un caballo desbocado que relincha balcanización.

A todo esto, casi un millón de personas de 27 municipios del área de Barcelona no tienen una vivienda digna, según Cáritas. De esto no habla el cara de Torra, no parece inquietarle, más ocupado en dignificar su viaje a Liubliana, digo a ninguna parte. Cueste lo que cueste, aunque es improbable que él pague. Siempre le quedará Bruselas.

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