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El lanzador de cuchillos

Andalucía nos roba

Ni Málaga ni Sevilla tienen la culpa de que Granada pierda -literalmente- todos los trenes y llegue tarde a todas las citas

En Granada, si algo puede salir mal, saldrá mal; si algo se puede retrasar, se retrasará; si algo puede perderse, se irá al carajo. Aquí la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla. Murphy debió de formular su famosa ley sentado en un banco de la estación de Andaluces (con perdón), mientras esperaba la llegada del tren.

Es verdad que la ley de marras tiene su principal explicación en la memoria selectiva y en la humana tendencia a la negatividad -inclinación que en Granada alcanza niveles paroxísticos-, las cuales nos hacen fijar la atención en las iniciativas que se malogran y olvidarnos de las que salieron bien, pero no es menos cierto que la estadística granadina de proyectos frustrados y oportunidades perdidas empieza a ser apabullante. La interminable serie de quebrantos que viene padeciendo la sufrida tierra de Boabdil en las últimas décadas tiene soliviantada a la opinión pública granadina, que está hasta la corona de Isabel la Católica de aguantar desplantes, retrasos y ninguneos.

Y hay quien, aprovechando el cabreo colectivo, ha desempolvado el viejo memorial de agravios y al grito de "Andalucía nos roba", levanta de nuevo la bandera del Reino de Granada, animando a sus conciudadanos a que se unan a la causa del independentismo zirí. Populistas de boina y ceja corrida y pescadores en río revuelto no dudan en excitar con argumentos demagógicos los bajos instintos de una población hastiada, y llevan a cabo, de un tiempo a esta parte, una intensa campaña de agitación y propaganda en los medios y en las redes contra ciudades hermanas como Málaga y Sevilla. La consecuencia directa es que Granada se ha llenado, de repente, de puigdemonitos que suspiran por la independencia local y repiten como autómatas que los demás nos roban. Alguien menos hooligan y menos desahogado debería explicar a tanto cantonalista sobrevenido que el declive granadino hunde sus raíces en una desidia de siglos de su población y de sus élites económicas y políticas. No cedamos a la tentación de creer, como hacen los nacionalismos que criticamos, que nuestros males provienen de un agente externo. No cometamos el pecado imperdonable de buscar un enemigo exterior que tape nuestras miserias. Ni Málaga ni Sevilla -aunque haya quien no deje de repetirlo- tienen la culpa de que Granada pierda -literalmente- todos los trenes y llegue tarde a todas las citas. Nadie -salvo nosotros mismos- es responsable del declive de una ciudad que, hace cinco siglos, llegó a ser el centro del universo.

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