Las dos orillas

Apoteosis del bananismo

¿Acaso no era eso lo que sucedía en el régimen de Franco? ¿Acaso no era eso lo que ocurría en el comunismo?

Imaginemos que un Gobierno del PP y Ciudadanos, con ministros de Vox, decidiera unilateralmente rebajar las mayorías para elegir el Poder Judicial, y así plegarlo a sus intereses. ¿Qué dirían el PSOE y Unidas Podemos? Sin duda, que la derecha daba un golpe de Estado, para romper los equilibrios de poderes, y mandar a tomar por saco el espíritu del barón de Montesquieu. ¿Acaso no era eso lo que sucedía en el régimen de Franco? ¿Acaso no era eso lo que ocurría en el comunismo prosoviético o en su disfraz bolivariano? Las dictaduras se afanan en controlar el aparato del Estado y ponerlo a su servicio.

Podemos estar en el camino de un bananismo descarado. En su novela Tiempos recios, Mario Vargas Llosa sitúa como telón de fondo la Guatemala de los años de la guerra fría, donde la United Fruit norteamericana, una compañía bananera, iba poniendo y quitando dictadores títeres al servicio de sus intereses. Ese espíritu de las repúblicas (no eran monarquías) bananeras caló en la clase política de algunos países hispanoamericanos, donde la democracia suele ser una flor con el tallo tronchado, sacudida por las ambiciones de una extrema derecha caciquil y una extrema izquierda totalitaria y no menos corrupta.

Es triste que eso se trasplante a nuestro país, por culpa de políticos sin escrúpulos, algunos con responsabilidades en la Moncloa. Por supuesto que con esa reforma judicial se romperían los consensos básicos que dieron origen a la democracia actual y a la Constitución. Esas mayorías se establecieron para que la derecha y la izquierda nombraran jueces progresistas y conservadores, dentro de un orden y sin machacar. Lo ideal tampoco es eso, sino que todos fueran independientes, y eligieran ellos solos, pero en este país siempre hay luchas para controlar desde el poder político.

También están las tragaderas. El ministro sevillano/gaditano de Justicia, Juan Carlos Campo, debería tener otra actitud. Igual que Nadia Calviño puso lo que había que poner sobre la mesa cuando el presidente Sánchez pactó con Bildu para la reforma laboral, el ministro de Justicia no se debería tragar ese sapo. En los casos graves se ve la altura de los dirigentes.

Es muy lamentable que el PSOE y el PP no sean capaces de alcanzar un acuerdo sobre el Poder Judicial. Y todavía peor es que el Gobierno intente acaparar a los jueces. Desde Europa nos ven con asombro, y no ya como un Estado fallido con un Gobierno sin remedio, sino como bichos raros.

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