Manías

erika Martínez

Demasiada novia

EL proyecto me interesaba. La directora también. Había escuchado opiniones contradictorias, así que fui a verla tarde y con cierta cautela. Me interesó el mundo que propone desde la primera escena: esos espacios deslocalizados capaces de transmitir la desolación de provincias, sin dejar de proyectar fuerza mítica. ¿Cómo puede transmitir tanta claustrofobia un espacio tan abierto? La novia es una película ambiciosa, de un enorme barroquismo visual que resulta, en mi opinión, cargante e impostado. Con escenas logradas, como la del baile de la reja, en la que el giro de la novia durante su boda se superpone al giro de los caballos en el zootropo, y escenas de un fantástico fallido y muy pretencioso, como la del estallido en cadena de los cristales en el taller del padre, no puede negarse que se trata de una película pensada con los ojos de otra manera.

Además de esa densidad cinematográfica, efectista y por momentos un poco hortera, La novia persigue, a través de una interpretación muy teatral, la fuerza dramática de la obra originaria. Exceptuando a los dos protagonistas masculinos, escogidos por dotes no exactamente interpretativas, los actores están estupendos. O se diría que así es, porque sus voces son apenas audibles por culpa de un asombroso problema de sonido que, según el acomodador, era ajeno a la proyección. La película viene así, me dijo; es sonido directo y eso le gusta mucho a la gente. Pues será. Quién necesita entender a Lorca.

En un solo visionado, experimenté la división de opiniones que ha generado en el público la película. Puedo decir que me gustó verla. Y eso a pesar de su tendencia al estupendismo y de que, en la segunda mitad, pierde densidad trágica para incurrir en el melodrama, no tanto por un problema de guión como de tono. Yo quisiera no haber pensado en ello, pero desde la huida de los amantes hasta la pelea de cuchillos me acordé varias veces de Pasión de gavilanes. Cuánto mejor es el final, tras su regreso al cortijo, con la súplica de la novia ("Déjame llorar contigo") y el desprecio de la madre ("Llora. Pero en la puerta"). Y podría decirse que el mérito es de Lorca, pero el mismo verso puede resultar ridículo en pantalla o conservar su dignidad, dependiendo de cómo logre rodarse. A veces se logra.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios